Mientras te escribía el anterior correo, entró el tuyo. Sé que andas ahí…. Te obligaría a que me metieras tu mano…y el resto. Yo tengo fantasías con tus besos en mis pechos, en mi piel, quiero tus manos sobre mis nalgas, quiero tu calor en mi sexo. Ha nevado en Madrid, temperaturas de -3 grados hacen que uno apetezca estar en buena compañía, supongamos que la tuya, digamos que mejor contigo, admitamos que sencillamente después de nuestro último encuentro es diferente.
Me jodo una y otra vez y me sigo aguantando… tal vez me faltan cojones para correr a tus brazos y dejar aquí de una puta vez mi presente – mis temores.
¡Con lo bien que conversamos tú y yo! ¡Con la complicidad y el entendimiento que tienen nuestras miradas! ¡Con lo mucho que dice un simple palpar de nuestro cuerpo!.
Me preguntó ¿Qué viste antes de abrir tus ojos hoy? ¿Quién estuvo cerca de ti? ¿Quién quisiste que te acariciase? ¿Qué te hizo ella?
Yo por mi parte sigo recordando aquella tarde en la cual poseíste mi cuerpo. Como sutilmente me hablaste al oído, rozando lentamente mi piel, besando cada poro de mi cuello, tus manos envolvían mis senos, los apretabas con fuerza.
Me deje llevar, ¿lo recuerdas?.
Renuncié a mi voluntad y caminé lentamente hacia la pared, tu boca se apoderó de la mía, mientras nuestros sexos se mezclaban ante tanto roce. Tus dedos acataron mis pensamientos y en pocos segundos me despojaron de mi blusa y sujetador. Qué hábil eres, dejaste al descubierto mis senos paraditos, grandes y redondos…, aun siento tus labios en ellos, el calor de tu aliento, el roce y jugueteo de tu lengua.
Tus manos abarcaban mis nalgas, las apretabas contra ti una y otra vez, sentía tu pito en mi sexo, pero lo quería adentro.
Me volteaste, sentía el látigo en mis nalgas, tus manos inclinaron mi cuerpo, aun vestidos lograba sentirte, estaba húmeda, ganosa, hambre de ti tenía. Jalaste mi cabello, sentía como querías domarme, mi cabeza se ladeaba hacia atrás acatando tus deseos.
Comenzaste a besar mi espalda, pero mi jean obstaculizaba tu camino. Yo quieta sólo sentía, quitaste el botón, bajaste la pretina, mis piernas al descubierto en pocos segundo quedaron.
Allí estaba yo acompañada solamente por mi tanga de hilo, ofreciéndome de espaldas.
Recuerdo tu respiración entrecortada, el susurro de tus palabras obscenas y de dominio que me decías… sí, soy tuya, tu perra, tu puta, es tuyo este maldito coño que hoy me traiciona, te quiere a ti y sólo a ti, rechaza mis dedos en búsqueda de ríos de placer.
Me volteaste para chupar mis tetas, mientras tus dedos exploraban mi sexo… me vine a cantaros ante tus destrezas.
La imagen de tenerte arrodillado a la altura de mi venus la llevo en mi memoria y el sentir como introdujiste tu lengua fuerte y lentamente en mi coño, como si conocieras cada rincón de mi cueva. Pero querías más, me colocaste en cuatro y un beso negro me brindaste, mmm.
Pasaste tu mano por mi vulva, notaste como chorreaba de tanta humedad. Y fue en ese momento cuando recibí ese bastón carnudo, grande, firme y grueso. Lo introducías con fuerza, mi coño se lo comía todo, lo metías y sacabas, quería más, sentía el calor del roce, quería que me quemaras, que me rompieras…
Querías culo, lo sabía, por ello me moví para que rozaras la entrada, pretendía motivarte a ingresar, no te falto valentía para examinar aquel oscuro lugar. Mi huequito apretadito esperaba por ti, en el cual entraste sin compasión. Me cubriste con tu cuerpo, sentía tus piernas a los lados de mis nalgas y ese pito gigante entraba y salía de mi culo, jalabas mi larga y negra cabellera, sentía como era tuya, mis jugos habitaban mi coño y se ausentaban de mi boca.
Premiaste mi buen desempeño, obligándome a ver tu cara mientras chorreabas tu caliente semen sobre la mía, ese líquido que traspasaba la piel de mis pechos hasta llegar lentamente a mi coño.

