El teléfono sonó en la penumbra de su habitación. Ella tomó el móvil con dedos temblorosos, anticipando la voz que tantas noches había imaginado.
—No dejo de pensar en ello —susurró él, su voz grave y espesa como el deseo mismo.
—Yo tampoco —respondió ella, mordiendo su labio inferior, sintiendo el latido acelerado entre sus muslos.
—Delicioso imaginar lo que sientes... —murmuró él— Sólo invita a contemplarte con ternura al principio, a dejar que mis ojos devoren cada centímetro de tu piel... Y luego, ir recorriendo tu cuerpo debajo de la ropa, primero con mis dedos y mis labios.Ella contuvo la respiración, sintiendo el ardor expandirse entre sus muslos, la electricidad de sus palabras encendiendo cada fibra de su piel.
—¿Dónde más? —preguntó, con la voz rota de anticipación.
—Tocarte la vagina y sentirte mojada, deslizar mis dedos en tu humedad y acariciarte hasta que no puedas pensar... hasta que, sin darnos cuenta, nos hayamos quitado la ropa y entremos en un juego violento de deseo y pasión.
El silencio entre ellos estaba lleno de imágenes ardientes, de un instante que había cambiado todo. Sus labios encontrándose, explorándose con una necesidad primitiva. Un roce que no solo dejó un sabor en la boca, sino una marca en la piel, en el alma.
—Ese beso...
—Ese beso...
Ambos repitieron esas palabras al mismo tiempo, como si compartieran la misma memoria. Un eco de jadeos contenidos, de bocas húmedas, de lenguas entrelazadas con la urgencia de años de hambre silenciada. Sus bocas habían sido más que un encuentro; habían sido la entrega absoluta, la confesión más íntima.
—Sentí que me quedaba en tu boca, que algo de mí se quedó pegado en tus labios —su voz se quebró con el recuerdo, con la necesidad.
—Y yo me llevé tu aliento, tu sabor... aún lo siento, aún lo quiero. Aún me estremece la idea de volver a sentirte así... —su confesión fue un suspiro cargado de deseo.
Sus respiraciones se entremezclaron a través de la línea, convirtiendo la distancia en un fino hilo de electricidad. El beso había sido el límite, y al mismo tiempo, la promesa. Nunca se habían permitido más que miradas furtivas, roces disfrazados de casualidad, sonrisas cargadas de intenciones que no se atrevían a pronunciar. Pero aquella noche, sus bocas hablaron por ellos. Dijeron lo que sus cuerpos anhelaban gritar.
—Aún siento tus manos en mi piel, aún me quema el recuerdo...
—Aún sueño con el sabor de tu boca, con la humedad de tu lengua atrapando la mía, con la manera en que tu cuerpo tembló contra el mío... —su voz descendió en un susurro profundo, casi como si estuviera acariciándola a la distancia.
Sus palabras se deslizaban como caricias, como el roce de piel contra piel en una cama deshecha por la pasión. No necesitaban tocarse para sentirse, no necesitaban más que el recuerdo de ese beso para incendiarse otra vez.
—¿Y si nos dejamos llevar esta vez?
—¿Y si no hay un "esta vez", porque nunca dejamos de estar ahí, en ese beso? —su voz fue un susurro roto, un gemido ahogado en la madrugada.
Ella cerró los ojos, sintiendo su cuerpo rendirse a la memoria, a la voz que la envolvía. Aquel beso no había terminado; aún se devoraban en la distancia, aún ardían en la ausencia.
Y en el silencio cómplice de la madrugada, se deshicieron juntos en el anhelo de lo que fueron, de lo que aún podían ser.
—Te necesito —susurró él, rompiendo la quietud con una verdad desnuda.
—Entonces ven a mí —respondió ella sin dudar—. Por 48 horas quiero que seas mío, completamente.
Él exhaló, casi como si pudiera sentir el roce de su boca con cada palabra.
—¿Playa o campo? ¿Un lugar cálido donde mi piel pueda perderse en la tuya bajo el sol, o un refugio donde el frío nos obligue a compartir el calor?
—No me importa el lugar —dijo ella, con voz ronca de anhelo—. Solo me importa sentirte, tenerte, quedarme con cada rincón de tu cuerpo. Quiero que por dos días el mundo desaparezca y solo existamos nosotros.
—Entonces prepárate —murmuró él, y la promesa en su voz la hizo estremecerse—. Porque cuando te tenga, no voy a dejarte ir.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez no era un vacío, sino una antesala. La certeza de que pronto, muy pronto, estarían uno sobre el otro, entrelazados, saciando de una vez por todas la tormenta que ardía en sus cuerpos.
—Cuando te vea, voy a tomar tu boca sin permiso —confesó él, su respiración entrecortada—. Voy a devorarte, a hundirme en tu piel, a hacerte mía en cada beso hasta que no puedas pensar en nada más que en mí.
—Eso ya sucede —murmuró ella, su piel erizada por la expectativa—. Llévame donde quieras, pero hazlo ya. Quiero que me tomes, que me hagas perderme en ti hasta olvidar quién soy.
—Eso es lo que más deseo... verte rendida entre mis brazos, temblando, gimiendo mi nombre.
Ella se mordió el labio, conteniendo un jadeo. La noche se volvió un cómplice silencioso de su fuego, de la ansiedad que los devoraba. Y mientras el deseo se alimentaba de palabras y promesas, la cuenta regresiva para su encuentro había comenzado.
