Acabábamos de terminar la cena, la de hoy, aunque cerró con
varios ceros el negocio, se tornó aburrida; de esas que uno no ve las santas
horas de firmar, estrechar la mano y pasar al cuarto para tomar una siesta.
De repente, de la mesa diagonal, se levantó una joven que dejó
a los comensales con la garganta seca. Su falda negra era tan chiquita que
dejaba observar sus bellas piernas y realizar una expedición a su interior, su
blusa de manga larga enmarcaba su pequeña cintura y en su escote se pavoneaban
sus grandes pechos.
Me sentí afortunado cuando pasó a mi lado, rosando mi hombro
con su cadera.
-Disculpe – me dijo mientras sus grandes ojos y su boca
chica expresaban una pequeña muestra de coquetería y timidez.
No puedo explicar mi reacción, tal vez porque estaba obnubilado
ante su belleza y sutil inocencia. -¿Quieres que te escolte?, no quisiera que
te pasará algo en el toilet-, le contesté.
Jamás pensé que aceptaría tan peligrosa propuesta, sin
embargo, asintió con su cara y extendió su mano para que fuera tomada por la mía.
Caminamos por medio de las mesas hasta llegar al pasillo, las
miradas de los asistentes podía percibirlas a mi espalda, me sentía único y
afortunado, estaba tan cerca de ella que podía sentir el olor de su cuerpo, ver
como se movía, lo cual cada vez me ponía más cachondo.
Al final, ya cuando las puertas de los baños se enfrentaban,
me dijo: – no suelo caminar con
extraños, así parezcan un sueño –
No pude evitar sonrojarme, me sentí como un chiquillo a
pesar de posar en mi rostro mis cuatro décadas de existencia.
Acercó su cuerpo al mío, su rostro descansó en mi pómulo
derecho por un instante mientras murmuró: – Soy Karen. Puso su oído junto a mi
boca como quien desea continuar una cercana conversación. Me llamo Alberto –
contesté con una voz que me abochornaba por lo quebrada que sonó.
-¿Quieres escoltarme adentro?, temo golpearme o desmayarme
estando sola –. Yo tan sólo luchaba por respirar de manera normal.
Tomó mi mano, abrió la puerta e ingresamos al baño para
personas con discapacidad.
Me sentía tan idiota, mis pensamientos no coincidían con mi
actuar, ella lograba
intimidarme.
Desabotonó lentamente su blusa y comenzó a tocar sus grandes
senos a través de su sostén, su mano subió la falda mostrándome su tanguita.
Bajó la cremallera de su falda, al caer, con su sandalia en su pie, la colocó a
un lado.
Comenzó a lamer sus dedos y a metérselos en su concha; el
panti, a un lado, sostenido por su otra mano. Tenía sus ojos cerrados y su boca
era lamida por su lengua lentamente. Se retiró la blusa y la puso sobre el
lavabo, se sentó en la taza y volvió a meter sus dedos, esta vez causándole un vaivén.
Yo quería metérsela, pero no sabía si lo único que ella quería era volverme
loco sin participar activamente en la faena.
No me miraba, tan sólo se daba placer, comenzaron a caer
pequeñas gotas por su cuerpo y se veían sus pezones rígidos y parados; quería cogerlos,
devorarlos, morderlos.
¡Qué crueldad, cómo es posible que sea un observador no más!
Dios, estaba que moría y más cuando su respiración empezó a
cambiar y los gemidos dieron entrada a un baño de fluidos en sus dedos, ¡que
bella se veía!
Abrió sus ojos y como quien se apiada del ganoso, me bajó la
bragueta e introdujo su mano en búsqueda de mi gran bestia.
Lo introdujo en la boca, su lengua trataba de introducirse
en mi orificio, su mano iba y venía hasta el inicio de mi verga, yo tan sólo sentía
cómo mis piernas comenzaban a temblar, y le susurraba: – que bien lo haces –. Ella
sólo sonrió mientras me miró a los ojos y como toda una profesional continuó.
-Quítate la ropa- me dijo mientras continuaba comiéndose mi
verga.
-Arrodíllate-, me dijo, abrió sus piernas y colocó sus
pechos sobre el lavabo, comencé a besarle su culito a meterle mis deditos
adelante y atrás, estaba tan ganosa, lo sentía por los sonidos, me dijo: -acuéstate-
y comenzó a clavarse mi pene en su cuenquita, bajó su pecho apoyando sus manos
en el piso, Dios esa mujer era multiorgásmica y quería más.
Tomé sus nalgas para abrirlas y cabalgar haciendo yo el
movimiento, sentía como limpiaba mi pene en su chimbita, bajó su cabeza y
comenzamos a besarnos, su lengua entraba en mi boca y yo la succionaba como
quien desea robarla.
-Culéame, méteme esa verga, quiero que me rompas- Abrí
nuevamente su culo y lo entré sin pausa, un grito de dolor salió de su boca, -¿quieres
que pare?- le pregunté.
-No, sólo cabalga a esta potra-. Sus palabras me electrocutaban, la bajé sin sacar mi
chimbo de su cueva y la pasé a mi frente, le tomé su pierna izquierda y la
levanté para facilitar que entrará bien adentro y duro como me lo pedía.
Estábamos inundados de fluidos, nuestros cuerpos sudados querían
más.
Baje la pierna y me puse encima para comenzar a darle
palmadas en su apretadas nalgas, se venía una y otra vez.
-Acuéstate- y tomo mi pene llevándolo nuevamente a su boca. Paró
y se puso en cuatro, -vuelve a culearme-, esta vez la traía y llevaba, veía su
espalda suave, su cabello al lado de ese bello rostro.
Estaba desesperada, tocaba con sus manos el cabello, presionaba
las baldosas.
-Pégame- decía, mientras sacaba saliva de su boca y tocaba
mi pene.
Se volteó y se abrió de piernas, e introdujo sus dedos en su
conchita, su mirada me ordenaba que entrará ahí, en ese huequito lleno de líquido,
metí mi animal sin temor, se sentía caliente y húmedo, sus tetas estaban allí para
ser tocadas, devoradas por mí.
Su pierna izquierda sobre mi hombro me ayudó a entrar con más
fuerza, sus manos apretaban mis nalgas como quien no quiere despegarse.
Con mis manos presionaba sus tetas, su vientre con fuerza,
lo entraba y lo sacaba a una velocidad que quemaba pero que hacía que quisiera
más, no quería que acabara. Sus gemidos hacían que me sintiera un toro, un
hombre deseado.
Comencé a sentir que me derramaría y ella lo sintió también porque
me pidió que aún no.
Lo saqué y toqué fuertemente la punta, besé sus tetas por unos
instantes mientras introducía mis dedos en su concha.
Me acostó y comenzó a cabalgar de espalda como quien doma un
animal. No podía más, sentir mi chimba en su cueva me excitaba tanto que temía
no poder soportarlo.
Pero su maldad fue más allá de lo imaginable, tomó entre sus
manos mi verga y lo introdujo en su hoyito, ¡cómo poder soportarlo!, juro que
lo intente, pero ya estaba demasiado ebrio de pasión como para evitar la
erupción de mi jugo blanco.
No podía moverme, tan sólo observaba como se volteó y limpió
con su boca mi pistón, que aún estaba erecto.
No podíamos hablar estábamos secos de garganta.
Karen se vistió y salió nuevamente a su mesa.
Cuando llegué a la mía, allí estaba en medio de sus amigos y
yo en medio de mis colegas.
Su mirada disimulada permitió que nuestras miradas se
cruzaran.
