viernes, 24 de mayo de 2013

LÁTIGO…


Quiero plasmar en el papel, para no olvidar mientras exista, nuestro encuentro.

Creía que durante este invierno mi cuerpo como la calle Atocha estaría helado y solo como alma en pena a causa de su mal comportamiento terrenal puesto que si tomarán nota de mis pensamientos condenada al infierno eterno y solitario sería.

Pero quiero serte sincera, jamás imaginé que tras ese hombre cauto, callado y serio, habitara ese insaciable viril e inmortal amante. Siempre te vi como el perfecto acompañante de largas tertulias en las cuales mi palabra se hacía dueña del tiempo, y tú tan sólo asentías, escuchabas y sonreías como quien captura un secreto y se adueña en sus entrañas de él.

¡Por Dios!, no recuerdo quien de los dos dio el primer paso, nuestros cómplices de la noche se alejaron abandonándonos antes de salir el sol a pocos segundos de abrir la estación del metro.
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       ¿Dime la verdad, realmente Lucy se quedó con tus llaves?. Recuerdo que durante la noche me observabas fijamente y hasta besos absueltos de deseo (a mi pensar) nos enviábamos de esquina a esquina.

Ante tu imposibilidad de lograr llegar a tu nido, vi con gran naturalidad convidarte a mi piso, un sofacama amplio y amigable te esperaba.

Un hasta mañana inundó el espacio frío aún, y la calefacción demoraría en cumplir lo esperado.

Las cañas bebidas una vez más me llevaban al servicio. Antes de cruzar y pasar cerca de ti, pude prestar oídos a tu respiración agitada y aunque tenue tu mano sostenía una de mis fotos mientras que la otra había dado vida a un gigante dormido.

Crucé con paso ágil y ropa ligera, sabía que con ello te pondría a estallar. Jamás había observado a un hombre masturbarse ayudado de una fotografía mía. (Es increíble, no logro evitar ponerme algo ruborosa y alegre al recordarlo).

En el cuarto del baño pensaba qué diría o haría al pasar nuevamente. – ¡le diré buenas noches! Pero con ello podrías concluir que había notado lo que hacías, y no quería que te sintieras incómodo. Lo mejor, pensé, es pasar rápidamente y no dejar rastro alguno.

Sin embargo, al pasar mi mano cubierta de papel por mi conchita, no pude evitar traer tu imagen perturbadora a mi mente. Mi pecho se llenó de aire y embestida me sentí, mis dedos comenzaron a juguetear buscando mares de placer.

Era imposible parar, mis manos obedecían mis deseos, tan sólo sentía y veía como mi cuerpo despojado de sus prendas, renunciaba a la cordura y entregado al placer estaba.

La vida me demostró en aquel instante que cuando no nos hacemos cargo nosotros de las cosas, ella decide y comienza a hacerlo por nosotros. No me percaté de que la puerta la había dejado entre abierta y que, como cazador al asecho, observabas tu presa.

Mis ojos cerrados coautores con mis manos, las invitaban a explorar libremente mi cuerpo.

De un momento a otro se iniciaron dentro de mi pequeñas detonaciones, mi cuerpo contraído, abandonado a la intemperie sentía un placer al que no quería renunciar, por ello parado frente al espejo con los ojos cerrados permanecía.

Tus manos recorrieron cada rincón de mi figura, dibujando con besos, mordiscos y chupados la ausencia de límites de mi forma.

Mis oídos querían captar cualquier sonido en la pequeña habitación, tus palabras a medio susurro se confundían con la gota de agua que salía de la llave. Mi boca entre abierta, estaba seca ante el calor apasionado que vestía interiormente mi sexo, mi vientre, mis tetas, todo.

Cuando abrí mis ojos, mi cuerpo trataba sin éxito de mantenerse parado, el piso ya caliente nos recibió mientras nuestros movimientos impedían observar e identificar a quien le pertenecía el trozo de piel que se exponía.

-        ¡Quiero disfrutarte! Me lo decías una y otra vez

Podía sentir como luchabas con tu mástil para evitar que hiciera erupción, lo tocabas de la punta de una manera discreta mientras la faena con tu lengua en mi conchita hacia fechorías inconfesables.

¿Vamos a nuestro cuarto? pregunté y asentiste con tus movimientos. Nuestros cuerpos pegados continuaron hasta llegar a la puerta de entrada donde la luz nos permitía vernos cara a cara, abrí disimuladamente la parte inferior del closet para inducir  nuevas experiencias.

El sonido causado por un largo estuche que cayó al suelo, seguido de látigos, esposas, máscaras, bolas chinas, cadenas, llamó tu atención.
Mis ojos revelaban la culpabilidad del acto y el deseo de ser poseída en todo sentido de la palabra.

Comenzaste a tomar artículos, como quien busca la utilería necesaria para una gran obra. Estabas feliz y yo ansiosa. Mis deseos crecían y tu pene erguido me torturaba.
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      ¡Voltéate!, baja un poco, sube la pierna, baja otra vez la mano……me decías

No podía creerlo, allí estaba sobre la cama en cuatro. Una gran bola yacía en mi boca sostenida por una gran correa que recogía a su vez en cola mi larga cabellera. Mis piernas y mis manos esposadas, separadas por dos barras horizontales de 20 y 15 centímetros, la más grande entre mis tobillos y la pequeña entre mis manos. Otra barra vertical hacia que mis movimientos fueran aún más imposibles y que tú, ante ello, sintieras un poder mayor al poseerme.

Sí, sobre la cama completamente desnuda ofreciéndote mi coño y mi hoyo estaba. Nada se interponía a tus deseos, estaba completamente desprotegida ante tus fantasías en aquel momento.

Me tomaste de la cadera y me halaste hacia la orilla de la cama. Tu taladro perforó mi chambita mientras escupías mi hoyito iniciando un juego para nada inocente con tus dedos. No podía moverme ni gemir, mi conchita sólo quería más y mi culo pedía a gritos un pito.

Tal vez lograste ver mis pensamientos y quisiste castigarme por ello, pero lo único que lograste fue provocarme grandes estallidos de placer en mi interior al sentir los latigazos en mi culo.
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      ¡Muévete puta! Me decías mientras halabas mi cabellera, lanzabas otro latigazo y penetrabas fuertemente mi sexo.

Mi chimbita se sentía quemada pero deseaba más, quería que la rompieras, la destrozaras, estaba dichosa, me encantaba sentir tu excitación ante mi impotencia y mi sumisión; mi trasero sentía por fuera la fortaleza de tus actos.

Te acomodaste para cabalgarme introduciendo tu mazo grande y duro por mi culo, no podía ni respirar, su entrada sacudió y calentó a mil mi cuerpo. Una llamarada provocaba gritos y gemidos que no podían salir. Mis dientes trabajan vanamente en morder esa bola gigante impuesta en mi boca.

Tus piernas sobre mis caderas ayudaban a entrar y salir tu pene de mi cueva oscura, no podía hablar, no podía moverme sólo suplicar a Dios que ese instante fuera eterno.
Me tumbaste de medio lado, mientras levantabas mi cabeza del cabello. Tu leche comenzó a cubrir mi cara.

– ¡Es para ti, te la ganaste!

Sentir cómo tu semen salía rumbo a mi cara, caliente y con fuerza, hizo que me sintiera una verdadera puta en mi cama.

Hoy sé, viviré otra nueva experiencia contigo o tal vez, con aquel hombre que sabe lo que siento, lo que busco.