viernes, 18 de marzo de 2016

ESPIANDO A MI VECINA

Si en alguna oportunidad alguno de nuestros amigos tan siquiera propusiera espiar a mi vecina, pensaría que están locos y tal vez me liaría un poco.

Sin embargo, hoy en medio de la mañana, la imagen de mi vecina Lorna captó mi atención, no podía creerlo, así que llamé a mi esposo Ómar para que disfrutara conmigo lo que mis ojos veían.
Lorna era una mujer agraciada pero jamás me había detenido a repararla, tendría unos 30 años, delgada, con un culo y unas tetas que por lo que observaba pararían el tráfico. Y por la respiración de Ómar notaba que no le era nada indiferente.

Lorna estaba sentada en un sofá al lado del jardín, tenía su vestido negro en la cintura, sus pechos estaban al aire y su panti dejaba observar parte de su gran vulva.
Sus manos estaban explorando cada rincón de su cuerpo, introducía suavemente sus dedos en la boca y comenzaba a masajear circularmente sus senos, su cara se deslizaba hacia atrás suavemente mientras sus manos tocaban su coño, podía ver sus largos dedos  deslizarse por su corte.
Estaba mojada y observé que el pene de Ómar estaba grande y con una de sus manos se tocaba disimuladamente, sabía claramente que la fiesta aún no había comenzado.

Lorna tomó un objeto brillante y se lo introdujo en su boca. – Mira cómo lo lame, ella quiere comerse ese gran pito que tienes, quiere mamártelo, chupártelo – La respiración de Omar se contraía, me gustaba sentirlo ganoso y excitado.
Suavemente Lorna introdujo el pene de metal en su concha, lo entraba y lo sacaba, de la misma forma en que comencé a tocar la verga de mi esposo.

Me excitaba verla con sus ojos cerrados, y aunque no escuchaba sus gemidos podía imaginarlos para complementar la escena. Su coño estaba abierto para nosotros, teníamos todo eso a nuestra disposición, me encantaba lo que veía. Se sentó y con sus ojos abiertos nuevamente, el objeto volvió a su boca, mientras con una de sus manos nos indicaba que quería que fuéramos.

Miré a Ómar como quien quiere tan sólo un estímulo para pasar la puerta corrediza y estar a su lado, pero él tan sólo me dio un beso mientras me metía la mano en mi concha y me susurro al oído: - ve y comete ese coño, bríndame un verdadero show, demuéstrale la perra que eres –
Quería devorar a mi esposo, sabía de mis gustos y me conocía tan bien que tenía claro que después de haber visto esa vulva, sería improbable para mí rechazarla.

Camine hacia ella con mi sexo húmedo, ansioso y deseoso de poseerla, mientras ella ya estaba sobre el sofá completamente desnuda explorándose una vez más su cuerpo con sus dedos.
No quería esperar, mientras me acercaba iba retirando las prendas de mi cuerpo, lo que quería era poder estrechar nuestros cuerpos hambrientos y sentir que desde casa Ómar me sentía.
Se paró para recibirme pero las palabras sobraban en aquel momento, comenzamos a besarnos mientras nuestras manos se desplazaban, empezamos a acercar el cuerpo de la otra, así nuestros pechos se tocaban fuertemente y nuestras conchas se frotaban. Comencé a besarle uno de sus pechos mientras mi mano tocaba su chocha, sabía que Ómar me observaba, que con su mano se masturbaba, pero que daría lo que fuera por ser la mía dentro de Lorna.

Suavemente la dirigí al brazo del mueble y con mi boca entre su intimidad le abrí sus piernas, quería que Omar viera la vulva que estaba a punto de devorar. Mientras le introducía mi lengua abría mis piernas para que observará mi culo abierto, deseoso de ser tocado. Le pasaba mi lengua, se la chupaba, la lamia, ella tan sólo se movía y gemía.

Mis labios besaban los suyos y al meterle mi lengua en su huequito sentía como la hacía mía, sus manos sostenían mi cabeza para evitar que dejara de darle ese placer, mis dedos iniciaron a explorar mi sexo, los pasaba rectos y duros entre mi culo y mi coño, haciendo presión en mi entrada, y separando mis labios, quería engañar a mi sexo de ser penetrado.

Su mano pasó a tocarse y frotarse fuertemente sus tetas, intenté pararme pero ella quería que la lamiera, chupara más. De un momento a otro se inclinó y me paro, comenzamos a besarnos, estaba a mil. Me giro y me sentó en el brazo del sofá e inicio ella a explorar mi coño, no podía moverme estaba maravillada de cómo me comía, era una experta en mí. Quería abrirme para que no quedará ni un espacio sin que ella o yo disfrutáramos. Su lengua era mágica, ver sus ojos mientras su rostro estaba dentro de mí producía una excitación jamás vivida, metió tres de sus dedos en mi cueva y comenzó a moverlos y friccionar mi chocha, sus labios se los mordía y pasaba su lengua, era una chispa para mí.

Me pasó sus dedos mojados de mis jugos y me los introdujo en mi boca, para nuevamente regresar a mi coño. No puedo creer, olvidé que Omar me observaba y comencé a temer que pudiera sentir celos de esta nueva puerta abierta al placer.

Lorna me miro y como si de cómplices se tratase me invitó a sentarme frente a ella, sus dedos comenzaron a introducirse en su coño, se estaba masturbando para mí, así que yo comencé a darle el mismo placer que me ofrecía.

Ese cuerpo perfecto, sus grandes tetas, su hermoso culo todo estaba a mi vista, verla masturbándose para mi, hacía que me mojara una y otra vez.
Se acostó en el piso boca arriba y me pidió que me arrodillara y le ofreciera mi concha, mientras que yo me inclinaba y saboreaba al igual que ella, el elixir del mejor sexo jamás tenido. Era tan alto el nivel de sensaciones que no podía concentrarme, mi coño abrigaba su lengua y mi culo sus dedos, sentía estallar y por otro lado mi boca se comía esa gran chocha, a la que obligaba a abrirse para ver sus huequitos y comérmelos todos.


Nuestros cuerpos comenzaron a contraerse fuertemente, nuestros dedos colaboraron para terminar el gran festín; gemimos, nos retorcimos pero yo quería venirme a chorros frotando nuestros coños y besándonos como cuando me recibió en su jardín.


¿TAL VEZ FUE LA GINEBRA?

En medio de la conversación acompañada ya de unos cuantos tragos de ginebra y tónica, hace un mes exactamente, sentí que Any comenzó a mirarme distinto, lo extraño para mí fue que la comencé a ver diferente, me atraía, ver su boca rosada me despertó unos deseos inimaginables por besarla.

No me atrevía a insinuar nada, y menos teniendo en cuenta que Any nos había invitado a Tom y a mí para departir y conversar sobre nuestro laborío, en fin, departir un rato entre amigos.

Pedí a Any prestado su baño, allí pude darme cuenta que estaba inundada, no pude evitar pasarme mis dedos para intentar darme un poco de lo que deseaba. Me lavé mi cara para ayudar a despejar mi mente, pues mi cuerpo ya sentía venir algo distinto.

Al llegar nuevamente a la sala, la imagen que observaba no la podía creer, Any estaba besándose con Tom. Nuestro Tom había sido nuestro compañero por más de seis años y jamás había pasado algo entre nosotros; acampar, tomarnos unas cañas, estudiar hasta tarde, ir a cine, habían sido actividades usuales sin que se presentara un enlace íntimo entre nosotros.

Pero lo que más me sorprendía era el grado de placer que esa escena me producía. Any se levantó del sofá y me extendió sus brazos, yo sólo caminé hacia ella. Una vez frente a ella, tiernamente corrió los cabellos que tenía sobre mi cara, tocó mi mejilla y su mano de depósito alrededor de mi nuca y muy sutilmente me inclino hacia ella. Mi corazón estaba a mil pero mi cuerpo se encontraba inmóvil, sus labios tocaron los míos y ellos comenzaron lentamente a responder a sus caricias.

Sus manos empezaron a tocar sutilmente las tiras de mi blusa y brasier, deslizándose lentamente sobre mi brazo, lo que permitió dejar al descubierto parte de mi busto. Su boca comenzó a rozar mi cuello, haciendo que mi cabeza se inclinara para no estorbar o impedir sus besos.
Tomó mi blusa desde la cintura y la fue recogiendo, sumándole mi brasier, las subió y sin una sola palabra entendí que debía subir mis brazos para contribuir en la despojada de aquellas prendas que impedían continuar. Mis pechos al aire, requerían compañía y como quien imita un comportamiento realicé los mismos movimientos para retirar de su cuerpo la camiseta blanca y su sostén.
Sus labios nuevamente se acercaron a los míos, nuestras tetas erguidas y duras se tocaban, no podía dejar de besarla y tocar su espalda, estaba tan excitada que me era imposible pensar en otra cosa distinta a ella.
Seguíamos besándonos como si nuestros labios fueran imanes, mientras nuestras manos mutuamente acariciaban los senos de la otra. Sus tetas eran redondas y erguidas, su pezón estaba duro y protuberante, los masajeaba temiendo revelar mis deseos por tenerlos en mi boca.
Any bajo sus manos e inició a retirar mis jeans y pantis, me apoyé en sus hombros para levantar una y luego la otra pierna, con el fin de facilitar su objetivo.

Ella se levantó lentamente y nuevamente su boca fue depositaria de mi saliva, quería en un beso que sintiera la locura que por dentro sentía. Sus manos guiaron las mías y comprendí que debería ayudarle a retirar de su cuerpo las pocas prendas que aún tenía encima. Me temblaban las piernas, las manos al sentir su conchita al aire libre, frente a mi rostro. Quería tocarla pero temía asustarla, no sabía cómo debería actuar.

Me incorporé en mi postura inicial como quien espera indicaciones de su instructora. Any me llevo con dulzura tomada de la mano a sentarme sobre la alfombra grande que se encontraba en medio de los dos salones, e invitó a Tom quien ya estaba sólo con su bóxer.

Tom se acostó boca arriba dejando su rostro cerca de mi conchita, mientras que Any gateaba entre sus piernas para alcanzar su mástil, al llegar podía verse cómo su pene estaba en su máxima expresión. Con su boca lo buscó como quien desea comprobar su hipótesis, le retiró su prenda y el falo se levantó.
Tom con sus manos buscó mi cueva y comenzó a explorar con sus dedos, mientras yo observaba cómo Any introducía esa verga una y otra vez en su ganosa boca, mis manos volvían una vez más a buscar sus senos, comencé a apretarlos y masajearlos.

No sabía que me tenía a punto de explotar, si el que Tom pasara sus dedos por mi culo, me introdujera sus dedos por mi concha y el que me golpeara fuertemente mis nalgas, o ver la cara de placer de Any y Tom, o mejor aún, tener las tetas de Any en mi boca.
Any me miró y me indicó que era hora de chupar esa gran verga, mientras ella succionaba sus testículos era imposible evitar que nuestras lenguas se unieran y robarnos un beso apasionado mientras reemplazamos nuestras bocas con las manos en el pene de Tom.

Los labios de Tom se veían sedientos, ganosos, lo que me invitó a arrodillarme a la altura de su rostro y dejar caer mi clítoris. Any me siguió y a mis espaldas se clavó la verga en su concha. Aunque no podía ver a Any sentía su excitación a través de Tom.

Los dedos de Tom abrieron mis labios mientras su lengua perforaba mi coño, su lengua iba y venía al ritmo de la cabalgata de Any, mis jugos ya estaban esparcidos, y temía no poder con tantas sensaciones, los gemidos eran dominantes y envolvían en deseo. Sin entender cómo estábamos las dos de rodilla ofreciendo nuestros culos a él.
Comenzó conmigo introdujo ese gran pito en mi hoyito y con sus manos perforaba el culo de Any, gemimos ante un dolor placentero mientras volvíamos a unir nuestros labios.

Nos giramos y solo podía colocar atención a el cuerpo de Tom, jamás me había precavido de sus músculos marcados, jaló la pierna derecha de Any mientras le introducía su verga en la conchita. Yo no podía desperdiciar la oportunidad de tener nuevamente sus tetas en mi boca, ella pedía mi boca sobre la suya, nos besamos una y otra vez.

Le pedí a Tom que se acostara, quería sentir otra vez su falo pero en mi vagina, mientras Any recibía la lengua de Tom en su chocha.
Con dulzura y caricias en mi espalda y cuello Any me indicó que me bajara y comenzó a chupar la verga de Tom mientras comencé a acariciar con mis manos su concha. - mira cómo me como tus jugos, estoy saboreando el sabor de tu coño - me susurro Any, de manera agitada pero con gran excitación, tanta que logró que los tres de manera armónica nos derramaramos.

Hoy estoy ansiosa por verlos pues quedamos de encontrarnos en el apartamento de Tom para compartir unos buenos tragos de Ginebra.


jueves, 17 de marzo de 2016

A TREINTA MIL PIES

Como hábito, en los vuelos de trabajo solicito la silla ubicada lo más adelante posible y contigua al corredor, con el fin de desembarcar rápidamente y tomar sin complicaciones mi maleta de mano.

En el vuelo de ayer de Madrid a Roma el avión contaba con 5 sillas por fila, al lado derecho del avión tenía dos, mientras que en el izquierdo tres.

Cuando llegué a mi puesto, a mi lado se encontraba una mujer muy atractiva, de cabello castaño, piel canela, vestida informal pero elegante, llevaba sus lentes oscuros sobre el cabello, su falda ligeramente alta dejaba ver unas piernas torneadas.

Coloque mi maleta y el blazer en el compartimento superior, me acomodé en la silla, abroché el cinturón de seguridad y comencé a leer el diario. 

Poco después, el avión carreteaba llegando a la cabeza de la pista, comienza la aceleración para el decolaje. En ese momento mi compañera de viaje agarró mi brazo con su mano y me susurro 
- Puedo apretar su brazo, le tengo pánico al avión. Si me permite agarrarlo me sentiré más tranquila -. 

Asentí con mi cabeza mientras le decía que podía tomarme el brazo con confianza e inicié una amistosa conversación para tranquilizarla. Me comentó que vivía en Roma, que el motivo de su estadía en Madrid  fue para compartir parte de sus vacaciones con su familia. Continuamos hablando de temas diversos, el avión llegó a la altura de crucero y por unos minutos el vuelo se conviertió en una experiencia relajante y tranquila para mi compañera.  

De la nada, se abrió el altavoz para dar indicaciones:
-Le habla su capitán, por favor abróchense sus cinturones, nos aproximamos a una zona de turbulencias, muchas gracias-. 

Alicia, que así se llamaba mi vecina, me tomó del brazo con las dos manos, levantó el descansabrazos y acercó tímidamente mi cuerpo al suyo. Mi reacción fue hablarle suavemente al oído para calmarla. Tenerla tan cerca me permitió sentir el aroma de su piel y el sutil olor de su perfume.

Nos quedamos por un buen espacio de tiempo inmóviles, sintiendo el calor de nuestros cuerpos.
Ya sin el indicador de cinturón encendido, las luces del avión se apagaron, pero entre nosotros se divisaba una ola de inquietud traviesa, nuestros límites se confundían y estábamos clavados el uno en el otro - siento frío – me susurró sin moverse.

Como buen caballero y con el ánimo de cuidarla, llame a la azafata y le pedí una manta. 

Abrí la cobija y cubrí con ella nuestros cuerpos, pasé mi brazo por encima de sus hombros y sutilmente atraje su tronco hacia mí. Percibía que ella necesitaba que la consintiera, toque sus  sienes y su cabello, su cabeza se apoyó sobre mi pecho. Estaba fascinado con su belleza, cuando de repente, ella puso sus manos sobre mi abdomen, busco la abertura de mi camisa y la desabotonó lenta y  suavemente, sus manos tibias iniciaron a explorar mi pecho, pero cada vez con una fuerza contagiosa. 

Tomé su cabeza y comenzamos a besarnos cada instante con mayor intensidad, ya mi camisa estaba abierta y mi pecho era totalmente de ella. Su mano tomó la mía, y la introdujo dentro de su blusa para que acariciara sus senos. Eran suaves, redondos, calientes, sus pezones parados y duros hacían que mi verga comenzara a erguirse. 
Continuamos besándonos loca y apasionadamente. 
Su hechicera mano soltó mi correa y los dos botones de mi pantalón, bajó la cremallera y comenzó  a coquetearle a mi mástil, el cual sólo se preocupaba por no demostrar su nivel de excitación; pasó la yema de sus dedos por la cabeza, la rozó una y otra vez generándome un placer indescriptible, sus dedos me torturaban, sentía dificultad para contenerme.

Como si leyera mi pensamiento introdujo toda la mano para agarrar el racimo que colgaba; vibré, me retorcía en mi silla, mi respiración se agitó y mis pulsaciones se aceleraron.
Quería brindarle placer y de paso ir más allá de sus pechos, bajé mi mano hasta el nivel de su muslo, y comencé a subir lentamente su falda, con mi índice deslice hacia un lado su tanga de encaje, necesitaba llegar a su copa rebosante de jugos. Sentí su clítoris hinchado, duro, caliente, pasé mis dedos de arriba a abajo, los introducía y sacaba y comprobé la humedad de su conchita, comencé a escuchar sus pequeños gemidos y a sentir como se contraía su respiración.

Sus  pequeños movimientos de pelvis eran acordes a las presiones que le daba a mi falo, la pasión hacía que cada uno moviera su mano a mayor velocidad. Los dos estábamos en el máximo del éxtasis, nuestros labios se buscaron pero no alcanzaron, juntos estallamos sin poder contenernos, mi leche bañó su mano y sus jugos humectaron la mía.

Quedamos inmóviles, exhaustos por unos 10 minutos. 

Alicia, se acomodó en la silla con suavidad, se arregló la ropa y me susurró al oído - Te espero en el baño-.

No pude evitar ver detalladamente su cadera cuando pasó frente a mi rostro, la observé nuevamente mientras caminaba por el corredor hasta la cola del avión.  Esperé hasta que ingresó a uno de los lavabos ya que quería saber con exactitud el lugar de nuestro encuentro. 

Me incorporé y me dispuse a cumplir mi cita. Al llegar observé que la puerta no tenía seguro, ingresé y en un abrir, y cerrar de ojos, sus brazos rodearon mi cuello, y sus labios reclamaban el beso ausente.

Sentía que ella quería devorarme y que percibía las ganas que tenía de cogerla.

Tiramos a un lado la parte inferior de nuestra ropa y emprendimos a acariciamos con nuestras manos como quien confirma a través del recuerdo la identidad de su amante.

Se colocó de frente al lavamanos y como en un acto de magia, logró agacharse en aquel espacio tan reducido para ofrecerme su copa lubricada y caliente; mi émbolo totalmente erguido penetró y llegó hasta el fondo de su fuente jugosa, caliente, ganosa y apretada.

Nos movimos rítmicamente entrando y saliendo cada vez más rápido y con mayor intensidad, sentíamos como si  el avión pasara por una zona de gran turbulencia, mientras la bombeaba con energía apretando sus tetas, besando su cuello; el movimiento se sincronizó, sentía el fondo de su cueva, olía su sexo, no podía más. Nuestros jugos rodaron por sus piernas, juntos en el mismo instante llegamos a la cima del placer. 

Ella salió primero; me esperé prudentemente un par de minutos, volví a mi asiento.
Colocó su cabeza sobre mí y durmió plácidamente mientras acariciaba su cabello. 

Tal vez, pienses igual que yo en estos instantes, que fui un tonto por no indagar más sobre ella. Sólo sé que se llama Alicia y que mi pito quiere nuevamente albergarse en su cueva.