Como
hábito, en los vuelos de trabajo solicito la silla ubicada lo más adelante
posible y contigua al corredor, con el fin de desembarcar rápidamente y tomar
sin complicaciones mi maleta de mano.
En el vuelo
de ayer de Madrid a Roma el avión contaba con 5 sillas por fila, al lado
derecho del avión tenía dos, mientras que en el izquierdo tres.
Cuando
llegué a mi puesto, a mi lado se encontraba una mujer muy atractiva, de cabello
castaño, piel canela, vestida informal pero elegante, llevaba sus lentes oscuros sobre el cabello, su
falda ligeramente alta dejaba ver unas piernas torneadas.
Coloque mi
maleta y el blazer en el compartimento superior, me acomodé en la silla,
abroché el cinturón de seguridad y comencé a leer el diario.
Poco después, el avión
carreteaba llegando a la cabeza de la pista, comienza la aceleración para el decolaje. En ese momento mi
compañera de viaje agarró mi brazo con su mano y me susurro
- Puedo apretar su brazo, le tengo
pánico al avión. Si me permite agarrarlo me sentiré más tranquila -.
Asentí con mi cabeza
mientras le decía que podía tomarme el brazo con confianza e inicié una
amistosa conversación para tranquilizarla. Me comentó que vivía en Roma, que el
motivo de su estadía en Madrid fue para
compartir parte de sus vacaciones con su familia. Continuamos hablando de temas
diversos, el avión llegó a la altura de crucero y por unos minutos el vuelo se
conviertió en una experiencia relajante y tranquila para mi compañera.
De la nada, se abrió el
altavoz para dar
indicaciones:
-Le habla su capitán, por favor abróchense sus
cinturones, nos aproximamos a una zona de turbulencias, muchas gracias-.
Alicia, que así se
llamaba mi vecina, me tomó del brazo con las dos manos, levantó el descansabrazos y acercó tímidamente mi cuerpo al suyo. Mi reacción fue hablarle suavemente
al oído para calmarla. Tenerla tan cerca me permitió sentir el aroma de su piel
y el sutil olor de su perfume.
Nos
quedamos por un buen espacio de tiempo inmóviles, sintiendo el calor de
nuestros cuerpos.
Ya sin el
indicador de cinturón encendido, las luces del avión se apagaron, pero entre nosotros
se divisaba una ola de inquietud traviesa, nuestros límites se confundían y estábamos
clavados el uno en el otro - siento frío – me susurró sin moverse.
Como buen
caballero y con el ánimo de cuidarla, llame a la azafata y le pedí una manta.
Abrí la
cobija y cubrí con ella nuestros cuerpos, pasé mi brazo por encima de sus
hombros y sutilmente atraje su tronco hacia mí. Percibía que ella necesitaba
que la consintiera, toque sus sienes y
su cabello, su cabeza se apoyó sobre mi pecho. Estaba fascinado con su belleza,
cuando de repente, ella puso sus manos sobre mi abdomen, busco la
abertura de mi camisa y la desabotonó lenta y suavemente, sus manos tibias iniciaron a
explorar mi pecho, pero cada vez con una fuerza contagiosa.
Tomé su cabeza y
comenzamos a besarnos cada instante con mayor intensidad, ya mi camisa estaba abierta y mi pecho era totalmente de ella. Su mano tomó la mía, y la introdujo
dentro de su blusa para que acariciara sus senos. Eran suaves, redondos,
calientes, sus pezones parados y duros hacían que mi verga comenzara a erguirse.
Continuamos
besándonos loca y apasionadamente.
Su hechicera mano soltó
mi correa y los dos botones de mi pantalón, bajó la cremallera y comenzó a coquetearle a mi mástil, el cual sólo se
preocupaba por no demostrar su nivel de excitación; pasó la yema de sus dedos
por la cabeza, la rozó una y otra vez generándome un placer indescriptible, sus dedos me torturaban,
sentía dificultad para contenerme.
Como si leyera
mi pensamiento introdujo toda la mano para agarrar el racimo que colgaba; vibré,
me retorcía en mi silla, mi respiración se agitó y mis pulsaciones se aceleraron.
Quería
brindarle placer y de paso ir más allá de sus pechos, bajé mi mano hasta el
nivel de su muslo, y comencé a subir lentamente su falda, con mi índice deslice
hacia un lado su tanga de encaje, necesitaba llegar a su copa rebosante de
jugos. Sentí su clítoris hinchado, duro, caliente, pasé mis dedos de arriba a
abajo, los introducía y sacaba y comprobé la humedad de su conchita, comencé a
escuchar sus pequeños gemidos y a sentir como se contraía su respiración.
Sus pequeños movimientos de pelvis eran acordes a
las presiones que le daba a mi falo, la pasión hacía que cada uno moviera su mano
a mayor velocidad. Los dos estábamos en el máximo del éxtasis, nuestros labios se
buscaron pero no alcanzaron, juntos estallamos sin poder contenernos, mi leche
bañó su mano y sus jugos humectaron la mía.
Quedamos inmóviles,
exhaustos por unos 10 minutos.
Alicia, se acomodó en
la silla con suavidad, se arregló la ropa y me susurró al oído -
Te espero en el baño-.
No pude evitar ver
detalladamente su cadera cuando pasó frente a mi rostro, la observé nuevamente mientras
caminaba por el corredor hasta la cola del avión. Esperé hasta que ingresó a uno de los lavabos
ya que quería saber con exactitud el lugar de nuestro encuentro.
Me incorporé y me dispuse a cumplir mi cita. Al llegar observé que
la puerta no tenía seguro, ingresé y en un abrir, y cerrar de ojos, sus brazos
rodearon mi cuello, y sus labios reclamaban el beso ausente.
Sentía que
ella quería devorarme y que percibía las ganas que tenía de cogerla.
Tiramos a
un lado la parte inferior de nuestra ropa y emprendimos a acariciamos con
nuestras manos como quien confirma a través del recuerdo la identidad de su
amante.
Se colocó
de frente al lavamanos y como en un acto de magia, logró agacharse en aquel
espacio tan reducido para ofrecerme su copa lubricada y caliente; mi émbolo
totalmente erguido penetró y llegó hasta el fondo de su fuente jugosa, caliente, ganosa y apretada.
Nos movimos
rítmicamente entrando
y saliendo cada
vez más rápido y con mayor
intensidad, sentíamos como si el avión pasara por una zona de gran turbulencia, mientras la bombeaba con energía apretando sus tetas, besando su cuello; el movimiento se sincronizó, sentía
el fondo de su cueva, olía su sexo, no podía más. Nuestros jugos rodaron por sus piernas, juntos en el mismo instante llegamos a la cima del placer.
Ella salió primero; me esperé prudentemente un par de minutos, volví a mi asiento.
Colocó su cabeza sobre mí y durmió plácidamente mientras acariciaba su cabello.
Tal vez,
pienses igual que yo en estos instantes, que fui un tonto por no indagar más
sobre ella. Sólo sé que se llama Alicia y que mi pito quiere nuevamente
albergarse en su cueva.
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