jueves, 17 de marzo de 2016

A TREINTA MIL PIES

Como hábito, en los vuelos de trabajo solicito la silla ubicada lo más adelante posible y contigua al corredor, con el fin de desembarcar rápidamente y tomar sin complicaciones mi maleta de mano.

En el vuelo de ayer de Madrid a Roma el avión contaba con 5 sillas por fila, al lado derecho del avión tenía dos, mientras que en el izquierdo tres.

Cuando llegué a mi puesto, a mi lado se encontraba una mujer muy atractiva, de cabello castaño, piel canela, vestida informal pero elegante, llevaba sus lentes oscuros sobre el cabello, su falda ligeramente alta dejaba ver unas piernas torneadas.

Coloque mi maleta y el blazer en el compartimento superior, me acomodé en la silla, abroché el cinturón de seguridad y comencé a leer el diario. 

Poco después, el avión carreteaba llegando a la cabeza de la pista, comienza la aceleración para el decolaje. En ese momento mi compañera de viaje agarró mi brazo con su mano y me susurro 
- Puedo apretar su brazo, le tengo pánico al avión. Si me permite agarrarlo me sentiré más tranquila -. 

Asentí con mi cabeza mientras le decía que podía tomarme el brazo con confianza e inicié una amistosa conversación para tranquilizarla. Me comentó que vivía en Roma, que el motivo de su estadía en Madrid  fue para compartir parte de sus vacaciones con su familia. Continuamos hablando de temas diversos, el avión llegó a la altura de crucero y por unos minutos el vuelo se conviertió en una experiencia relajante y tranquila para mi compañera.  

De la nada, se abrió el altavoz para dar indicaciones:
-Le habla su capitán, por favor abróchense sus cinturones, nos aproximamos a una zona de turbulencias, muchas gracias-. 

Alicia, que así se llamaba mi vecina, me tomó del brazo con las dos manos, levantó el descansabrazos y acercó tímidamente mi cuerpo al suyo. Mi reacción fue hablarle suavemente al oído para calmarla. Tenerla tan cerca me permitió sentir el aroma de su piel y el sutil olor de su perfume.

Nos quedamos por un buen espacio de tiempo inmóviles, sintiendo el calor de nuestros cuerpos.
Ya sin el indicador de cinturón encendido, las luces del avión se apagaron, pero entre nosotros se divisaba una ola de inquietud traviesa, nuestros límites se confundían y estábamos clavados el uno en el otro - siento frío – me susurró sin moverse.

Como buen caballero y con el ánimo de cuidarla, llame a la azafata y le pedí una manta. 

Abrí la cobija y cubrí con ella nuestros cuerpos, pasé mi brazo por encima de sus hombros y sutilmente atraje su tronco hacia mí. Percibía que ella necesitaba que la consintiera, toque sus  sienes y su cabello, su cabeza se apoyó sobre mi pecho. Estaba fascinado con su belleza, cuando de repente, ella puso sus manos sobre mi abdomen, busco la abertura de mi camisa y la desabotonó lenta y  suavemente, sus manos tibias iniciaron a explorar mi pecho, pero cada vez con una fuerza contagiosa. 

Tomé su cabeza y comenzamos a besarnos cada instante con mayor intensidad, ya mi camisa estaba abierta y mi pecho era totalmente de ella. Su mano tomó la mía, y la introdujo dentro de su blusa para que acariciara sus senos. Eran suaves, redondos, calientes, sus pezones parados y duros hacían que mi verga comenzara a erguirse. 
Continuamos besándonos loca y apasionadamente. 
Su hechicera mano soltó mi correa y los dos botones de mi pantalón, bajó la cremallera y comenzó  a coquetearle a mi mástil, el cual sólo se preocupaba por no demostrar su nivel de excitación; pasó la yema de sus dedos por la cabeza, la rozó una y otra vez generándome un placer indescriptible, sus dedos me torturaban, sentía dificultad para contenerme.

Como si leyera mi pensamiento introdujo toda la mano para agarrar el racimo que colgaba; vibré, me retorcía en mi silla, mi respiración se agitó y mis pulsaciones se aceleraron.
Quería brindarle placer y de paso ir más allá de sus pechos, bajé mi mano hasta el nivel de su muslo, y comencé a subir lentamente su falda, con mi índice deslice hacia un lado su tanga de encaje, necesitaba llegar a su copa rebosante de jugos. Sentí su clítoris hinchado, duro, caliente, pasé mis dedos de arriba a abajo, los introducía y sacaba y comprobé la humedad de su conchita, comencé a escuchar sus pequeños gemidos y a sentir como se contraía su respiración.

Sus  pequeños movimientos de pelvis eran acordes a las presiones que le daba a mi falo, la pasión hacía que cada uno moviera su mano a mayor velocidad. Los dos estábamos en el máximo del éxtasis, nuestros labios se buscaron pero no alcanzaron, juntos estallamos sin poder contenernos, mi leche bañó su mano y sus jugos humectaron la mía.

Quedamos inmóviles, exhaustos por unos 10 minutos. 

Alicia, se acomodó en la silla con suavidad, se arregló la ropa y me susurró al oído - Te espero en el baño-.

No pude evitar ver detalladamente su cadera cuando pasó frente a mi rostro, la observé nuevamente mientras caminaba por el corredor hasta la cola del avión.  Esperé hasta que ingresó a uno de los lavabos ya que quería saber con exactitud el lugar de nuestro encuentro. 

Me incorporé y me dispuse a cumplir mi cita. Al llegar observé que la puerta no tenía seguro, ingresé y en un abrir, y cerrar de ojos, sus brazos rodearon mi cuello, y sus labios reclamaban el beso ausente.

Sentía que ella quería devorarme y que percibía las ganas que tenía de cogerla.

Tiramos a un lado la parte inferior de nuestra ropa y emprendimos a acariciamos con nuestras manos como quien confirma a través del recuerdo la identidad de su amante.

Se colocó de frente al lavamanos y como en un acto de magia, logró agacharse en aquel espacio tan reducido para ofrecerme su copa lubricada y caliente; mi émbolo totalmente erguido penetró y llegó hasta el fondo de su fuente jugosa, caliente, ganosa y apretada.

Nos movimos rítmicamente entrando y saliendo cada vez más rápido y con mayor intensidad, sentíamos como si  el avión pasara por una zona de gran turbulencia, mientras la bombeaba con energía apretando sus tetas, besando su cuello; el movimiento se sincronizó, sentía el fondo de su cueva, olía su sexo, no podía más. Nuestros jugos rodaron por sus piernas, juntos en el mismo instante llegamos a la cima del placer. 

Ella salió primero; me esperé prudentemente un par de minutos, volví a mi asiento.
Colocó su cabeza sobre mí y durmió plácidamente mientras acariciaba su cabello. 

Tal vez, pienses igual que yo en estos instantes, que fui un tonto por no indagar más sobre ella. Sólo sé que se llama Alicia y que mi pito quiere nuevamente albergarse en su cueva.



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