lunes, 13 de mayo de 2013

OASIS



Calladamente siento tus ojos clavados en mi cuerpo mientras las gotas de sudor lentamente lo recorren.
Abriste la puerta del coche. El calor golpeó mi rostro, el cual contemplaba la gran sabana; la brisa voluptuosa incitaba a despojarme de mis prendas.
- Hace calor, presiento que unos 39º C
- Si, tímidamente te conteste
- ¿Deseas agua?
- Sí, gracias.
Mi cuerpo hervía por dentro, el calor penetraba cada rincón de él.
Al levantar la mirada hacia ti, pude observar como tus grandes manos desaparecían la botella de agua. Fue en aquel momento donde inicio una de las mejores, ¡No! Honestamente, la única incomparable y maravillosa entrega carnal que he vivido.

Al pasarme la botella me incitaste a ver cómo te despojabas de la camisa dejando sin protección ese pecho duro y bien cuidado. ¡Quería tocarlo! Acercar mi pecho contra el tuyo. Rogaba dentro de mí que tan siquiera por un segundo me insinuaras tu interés en intimar.
- Sin aire en el coche considero que es mejor descansar un rato y esperar a que baje un poco el sol. Mientras podemos ubicarnos bajo las ramas de esa gran ceiba.
Dijiste, señalándome un frondoso, alto y fuerte árbol.

Donde nos encontrábamos podíamos ver en primer plano la gran autopista, sin embargo, por el conjunto de plantas, estábamos escondidos para los ojos de los viajeros.
- ¿Estás cómoda? Lamento no tener una manta más grande.
Quería ya devorarte, tus palabras tan solo taladraban mi imaginación.
- Tranquilo, estoy bien. El paisaje logra trasportarme a otro lugar.
- ¿A dónde te lleva? ¿Con quién te vas?
Preguntabas con gran curiosidad.

Crucé las piernas y sin querer, con una ramita me he pinchado. Ante mi suave quejido, de manera sutil pero automática, me has tomado, evitando que mi cuerpo saliera del área que cubría la manta.

Tu pecho sin dueña, frente a mi rostro se encontraba, alcé la mirada y sus labios invadían mi cordura.
- ¿Me decías?
Interrumpiste mis sueños trayéndome nuevamente a ti, e insististe clavando tus ojos en los míos.
- ¿Me decías?
No sé si fue el calor de mis mejillas, el titubear de mis palabras, el poco espacio entre nuestros cuerpos, el hermoso paisaje que nos rodeaba o el interminable lapso que estuve en el internado,
lo que hizo que mi sexo dormido afuera se encontrara.

Tu boca rozó suavemente la mía, y poco a poco parecíamos en medio de un huracán. Fue todo tan rápido, que en cuestión de segundos, nuestros cuerpos sin límites se encontraban. El calor de tu aliento despertaba cada poro de mi cuerpo, tus labios apasionados succionaban mis pechos, y con tu lengua lamías mi pezón grande y redondo, mientras pasabas tu brazo izquierdo rodeando mi cintura. No podía evitar levantar mi sexo buscando ser clavaba por tu pistón. Mi vientre se contraía al tener tu cabeza sobre él buscando mi casi virginal cueva.

Tu lengua se fue perdiendo en cada pliego de mi conchita como fugitivo sediento de placer; mis jugos comenzaron a alimentarte una y otra vez. Mi humedad delataba el gozo que me dabas. ¡Quería retribuirte! Así que empecé a frotar con mis pies ese gran animal que deseaba tener dentro de mí. Una fuerte brisa despojó del árbol varias de sus hojas, las cuales cubrieron nuestro cuerpo por unos segundos, pues ya nuestra pasión encendida nos obligaba a comenzar la faena.

Parada podía observar cómo deseabas que me sentara en el centro de tu cuerpo, pero mi necesidad de tener tu verga en mi boca me lo impedía. Te chupé, lamí hasta el punto de que me apartaste de él. No querías regalarme tu leche en aquel momento. Me colocaste bocabajo para poder deleitarte con mi culo después haber besado toda mi espalda. ¡No podía escuchar lo que me decías balbuceando, pues tu boca dentro de él se encontraba, tan solo podía sentir tus herramientas manuales y bucales explorando en él. No podía dejar de moverme haciendo fuerza contra el suelo aprovechando la fuerza de tus movimientos; el roce de la superficie dura y tú jugando dentro de mi culo, hacían inevitables las erupciones dentro de mí.

Suavemente me paraste colocando mi espalda en el tallo del gran árbol e impulsando mi cintura. ¡En un segundo, clavada me encontraba! Mis piernas rodeaban tu cintura presionándola como poseedora de tus deseos. Tu pene entraba y salía mi entras mi espalda golpeaba el árbol. La velocidad fue aumentando, acompañada de besos interminables, donde la lengua loca hacía maravillas en nuestros cuerpos. No podía evitar gritar, morder mis labios al sentir esa gran explosión que habías hecho en mi gran templo.

Después de contemplar la gran fotografía que la naturaleza nos ofrecía, cubrimos nuestros cuerpos, pero con la certeza de que en nuestro próximo encuentro sin ropa deberíamos estar.