jueves, 20 de marzo de 2025

Cautivos del Deseo

El teléfono sonó en la penumbra de su habitación. Ella tomó el móvil con dedos temblorosos, anticipando la voz que tantas noches había imaginado.

—No dejo de pensar en ello —susurró él, su voz grave y espesa como el deseo mismo.

—Yo tampoco —respondió ella, mordiendo su labio inferior, sintiendo el latido acelerado entre sus muslos.

—Delicioso imaginar lo que sientes... —murmuró él— Sólo invita a contemplarte con ternura al principio, a dejar que mis ojos devoren cada centímetro de tu piel... Y luego, ir recorriendo tu cuerpo debajo de la ropa, primero con mis dedos y mis labios.

Ella contuvo la respiración, sintiendo el ardor expandirse entre sus muslos, la electricidad de sus palabras encendiendo cada fibra de su piel.

—¿Dónde más? —preguntó, con la voz rota de anticipación.

—Tocarte la vagina y sentirte mojada, deslizar mis dedos en tu humedad y acariciarte hasta que no puedas pensar... hasta que, sin darnos cuenta, nos hayamos quitado la ropa y entremos en un juego violento de deseo y pasión.

El silencio entre ellos estaba lleno de imágenes ardientes, de un instante que había cambiado todo. Sus labios encontrándose, explorándose con una necesidad primitiva. Un roce que no solo dejó un sabor en la boca, sino una marca en la piel, en el alma.

—Ese beso...

—Ese beso...

Ambos repitieron esas palabras al mismo tiempo, como si compartieran la misma memoria. Un eco de jadeos contenidos, de bocas húmedas, de lenguas entrelazadas con la urgencia de años de hambre silenciada. Sus bocas habían sido más que un encuentro; habían sido la entrega absoluta, la confesión más íntima.

—Sentí que me quedaba en tu boca, que algo de mí se quedó pegado en tus labios —su voz se quebró con el recuerdo, con la necesidad.

—Y yo me llevé tu aliento, tu sabor... aún lo siento, aún lo quiero. Aún me estremece la idea de volver a sentirte así... —su confesión fue un suspiro cargado de deseo.

Sus respiraciones se entremezclaron a través de la línea, convirtiendo la distancia en un fino hilo de electricidad. El beso había sido el límite, y al mismo tiempo, la promesa. Nunca se habían permitido más que miradas furtivas, roces disfrazados de casualidad, sonrisas cargadas de intenciones que no se atrevían a pronunciar. Pero aquella noche, sus bocas hablaron por ellos. Dijeron lo que sus cuerpos anhelaban gritar.

—Aún siento tus manos en mi piel, aún me quema el recuerdo...

—Aún sueño con el sabor de tu boca, con la humedad de tu lengua atrapando la mía, con la manera en que tu cuerpo tembló contra el mío... —su voz descendió en un susurro profundo, casi como si estuviera acariciándola a la distancia.

Sus palabras se deslizaban como caricias, como el roce de piel contra piel en una cama deshecha por la pasión. No necesitaban tocarse para sentirse, no necesitaban más que el recuerdo de ese beso para incendiarse otra vez.

—¿Y si nos dejamos llevar esta vez?

—¿Y si no hay un "esta vez", porque nunca dejamos de estar ahí, en ese beso? —su voz fue un susurro roto, un gemido ahogado en la madrugada.

Ella cerró los ojos, sintiendo su cuerpo rendirse a la memoria, a la voz que la envolvía. Aquel beso no había terminado; aún se devoraban en la distancia, aún ardían en la ausencia.

Y en el silencio cómplice de la madrugada, se deshicieron juntos en el anhelo de lo que fueron, de lo que aún podían ser.

—Te necesito —susurró él, rompiendo la quietud con una verdad desnuda.

—Entonces ven a mí —respondió ella sin dudar—. Por 48 horas quiero que seas mío, completamente.

Él exhaló, casi como si pudiera sentir el roce de su boca con cada palabra.

—¿Playa o campo? ¿Un lugar cálido donde mi piel pueda perderse en la tuya bajo el sol, o un refugio donde el frío nos obligue a compartir el calor?

—No me importa el lugar —dijo ella, con voz ronca de anhelo—. Solo me importa sentirte, tenerte, quedarme con cada rincón de tu cuerpo. Quiero que por dos días el mundo desaparezca y solo existamos nosotros.

—Entonces prepárate —murmuró él, y la promesa en su voz la hizo estremecerse—. Porque cuando te tenga, no voy a dejarte ir.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez no era un vacío, sino una antesala. La certeza de que pronto, muy pronto, estarían uno sobre el otro, entrelazados, saciando de una vez por todas la tormenta que ardía en sus cuerpos.

—Cuando te vea, voy a tomar tu boca sin permiso —confesó él, su respiración entrecortada—. Voy a devorarte, a hundirme en tu piel, a hacerte mía en cada beso hasta que no puedas pensar en nada más que en mí.

—Eso ya sucede —murmuró ella, su piel erizada por la expectativa—. Llévame donde quieras, pero hazlo ya. Quiero que me tomes, que me hagas perderme en ti hasta olvidar quién soy.

—Eso es lo que más deseo... verte rendida entre mis brazos, temblando, gimiendo mi nombre.

Ella se mordió el labio, conteniendo un jadeo. La noche se volvió un cómplice silencioso de su fuego, de la ansiedad que los devoraba. Y mientras el deseo se alimentaba de palabras y promesas, la cuenta regresiva para su encuentro había comenzado.

viernes, 4 de octubre de 2024

PASIÓN A PRIMERA VISTA

El vuelo hacia Bilbao había sido largo, pero lo más inquietante para Claudia no fue la duración, sino la presencia del hombre sentado en diagonal a su silla. Desde que tomó su lugar, sintió una fuerte atracción hacia él.

Lo que Claudia no sabía es que, desde el momento en que cruzó el pasillo del avión buscando su asiento, aquel hombre había quedado prendado de ella. Su figura, la elegancia con la que su falda bajaba a sus caderas, el sutil movimiento de sus piernas al caminar. Todo en ella era una tentación. Cuando pasó frente a él, su mirada fue rápida pero precisa, recorriendo su cuerpo de arriba abajo, deteniéndose apenas un segundo en el escote de su blusa, lo suficiente para notar el encaje negro de su brasier asomando ligeramente.

Al día siguiente, en el congreso de oftalmología, Claudia se inscribía en el evento sin imaginar que lo volvería a ver tan pronto. Mientras hacía fila para recoger su acreditación, lo notó de pie al final de la sala. Su mirada se cruzó con la de él, y esta vez no fue sólo un roce casual, fue un reconocimiento. Él dio un paso adelante, decidido a no perder la oportunidad.

Se acercó con una sonrisa apenas contenida, encontrando una situación fortuita.
—¿Desde dónde viajaste? —preguntó con una voz que llevaba un tono de intriga disfrazado de cortesía.
Claudia, aunque sorprendida, respondió con naturalidad, sin saber que en ese momento se estaba gestando algo mucho más profundo que una simple conversación sobre el destino compartido.

Durante el primer día del evento, intercambiaron miradas cargadas de electricidad en cada oportunidad, y esa noche, en el hotel, supieron que las palabras ya no serían suficientes. Un ascensor compartido, el roce sutil de sus cuerpos al girar hacia sus respectivas puertas, y una invitación que no fue verbal, sino un intercambio silencioso de intenciones. Esa misma noche, la puerta de la habitación de él se abrió para recibirla, y lo que siguió fue una tormenta de deseo que había estado acumulándose desde el avión.

Sus cuerpos se encontraron con una urgencia contenida durante demasiado tiempo. Él la empujó contra la puerta, sus labios encontrando a los de ella en un beso cargado de pasión reprimida. Los dedos de él recorrieron con hambre la curva de sus caderas, subiendo por su espalda hasta encontrar el encaje que recordaba haber visto en el vuelo. Desabrochó el sujetador con destreza, mientras ella se deshacía de su camisa, sus manos explorando el pecho firme de él, marcando cada músculo con una lujuria incontrolable.

El calor en la habitación era sofocante, el aire cargado de suspiros entrecortados y gemidos que escapaban sin censura. Se entregaron al placer sin límites, los cuerpos entrelazados sobre la cama, en el suelo, contra la pared. Cada movimiento, cada caricia, era una explosión de deseo que ambos sabían no podría quedar satisfecho en una sola noche. Las horas pasaron, pero la pasión no cesó. Cada rincón de la habitación fue testigo de su desenfreno, sus cuerpos se movían al unísono, encontrando un ritmo que sólo ellos podían comprender.

Durante toda la semana, aquella habitación se convirtió en su refugio, en el lugar donde el deseo encontraba su escape. Las horas del congreso se tornaban insoportables, no por las ponencias, sino por la espera de cada noche, sabiendo que al final del día, volverían a encontrarse, a saciar una vez más ese fuego que parecía no extinguirse.

Los días se deslizaron entre ellos como un susurro de pieles y besos furtivos, y cuando el congreso llegó a su fin, ambos sabían que esto no había terminado. La promesa de un próximo encuentro quedó grabada en cada mirada, en cada caricia que aún encendía su piel.

El congreso de oftalmología del siguiente año sería la excusa perfecta para acumular el deseo que guardarían en silencio, listo para desatarse nuevamente.

Cada vez que se despidieron en la sala de conferencias, ambos sabían que la verdadera despedida no llegaría hasta esa última noche en la habitación, donde la lujuria los había consumido y seguiría haciendo, año tras año, con la misma intensidad que en aquel primer encuentro.

 

PASIÓN SENTENCIADA

El tribunal estaba en silencio. Los ojos del juez Eduardo Marín recorrían la sala antes de posarse en la acusada: Valeria Ocampo. A sus pies, documentos, pruebas, testimonios, todo apuntaba hacia ella. Pero no era la primera vez que su mirada la recorría; había algo más profundo que lo legal en esa atracción inexplicable, una corriente de tensión latente entre ambos que había nacido desde el primer día del juicio.

Valeria, con sus cabellos oscuros cayendo en ondas suaves sobre sus hombros, mantenía la cabeza erguida, el rostro impasible. Sabía que estaba siendo observada, que las decisiones de su futuro pendían de ese hombre imponente detrás del estrado. Lo que no sabían los otros era que, bajo esa máscara de fortaleza, había algo más que desafiaba a la justicia misma.

La noche anterior había sido intensa. Sus cuerpos entrelazados en la penumbra de una habitación oculta, donde no existían las reglas ni el juicio. Valeria lo había despojado de su toga con la misma intensidad con la que él la había llevado contra la pared, sus labios recorriendo cada centímetro de su piel, borrando la línea entre lo prohibido y lo inevitable. Los gemidos de placer compartido quedaron ahogados entre las paredes de un encuentro que no debía haber sucedido, pero que ambos sabían era imposible de detener.

Los ojos del juez volvieron a cruzarse con los de Valeria. Era como si ambos estuvieran reviviendo esa noche, en ese instante. Un juego silencioso donde el deseo y la razón se enfrentaban, luchando por el control. Él debía condenarla, pero su mente estaba inundada con el recuerdo de su boca entreabierta, sus suspiros de entrega, las marcas de uñas que aún llevaba en su espalda como prueba de esa lujuria desenfrenada.

Cuando Eduardo se aclaró la garganta y comenzó a hablar, cada palabra parecía un eco de lo que no podía decir en voz alta. Valeria bajó la mirada sólo un segundo, dejando entrever una sonrisa traviesa. Ambos sabían que, pase lo que pase, ese fuego entre ellos no se extinguiría con un veredicto. Y más cuando había un torbellino de emociones contenidas que, una vez desatadas, arrasaron con todo a su paso. En el oscuro refugio de una habitación olvidada, Valeria y Eduardo se habían entregado al deseo que habían reprimido durante tanto tiempo. Él, aún con la toga del juez apenas colgando de sus hombros, la había tomado por la cintura, atrayéndola con una urgencia que hacía vibrar el aire entre ellos. La primera caricia fue suave, casi tímida, pero rápidamente se transformó en una pasión desbordada.

Valeria, sin dejar de mirarlo a los ojos, lo había empujado hacia la pared, sus labios buscando los de él con una voracidad que revelaba meses de tensión acumulada. Los dedos de Eduardo se entrelazaron en sus cabellos, desordenando las ondas que antes caían con tanta perfección sobre sus hombros, mientras sus bocas se encontraban en un beso profundo, ardiente, cargado de promesas no dichas. El aliento de ambos se entrecortaba a medida que sus manos recorrían los cuerpos ajenos, reconociendo el terreno prohibido que ahora era suyo para explorar.

La ropa fue desapareciendo en medio de susurros y jadeos, hasta que no quedó nada entre ellos. Eduardo, con una firmeza que denotaba más que simple deseo, la levantó, haciendo que sus piernas se enredaran alrededor de su cintura. Valeria, vulnerable y al mismo tiempo poderosa, sintió cómo la pared fría contrastaba con el calor abrasador de sus cuerpos. Los labios del juez viajaron por su cuello, descendiendo por el contorno de sus clavículas hasta detenerse en la curva de sus senos, donde sus besos se volvieron más lentos, más profundos, arrancando gemidos que resonaban en la pequeña habitación como un eco prohibido.

El encuentro fue intenso, cada movimiento entrelazado con un ansia incontrolable, como si estuvieran robando segundos al destino mismo. Sus cuerpos se movían al unísono, cada embestida cargada de una pasión que no podía ser contenida ni explicada, una danza desesperada que marcaba el ritmo de su lujuria desenfrenada. Las uñas de Valeria se clavaba en la espalda de Eduardo, dejando marcas que testificaban el deseo salvaje que ambos compartían, mientras sus gemidos se unían en un crescendo que rompía el silencio de la noche.


En ese momento, no existían las normas, los títulos, ni las responsabilidades. Sólo ellos, perdidos el uno en el otro, entregados a un deseo que los consumía y los liberaba al mismo tiempo. Cuando finalmente llegaron al clímax, el mundo parecía haberse detenido por un instante. El cuerpo de Valeria se estremeció contra el de Eduardo, mientras ambos caían en un abrazo de agotamiento y satisfacción.

Y ahora, en la sala del tribunal, resonaba en cada mirada, en cada palabra no dicha. Una verdad compartida entre ellos, una verdad que no necesitaba ser declarada para existir.

DOS EXTRAÑOS

La lluvia caía con fuerza sobre el parabrisas cuando Luisa perdió el control de su coche. Todo ocurrió en un instante: el chirrido de las llantas, el impacto, y el cruce con otro auto en plena carretera. El choque no fue grave, pero lo suficiente como para que ambos vehículos terminaran a un costado, los motores humeando y las luces parpadeando entre los relámpagos.

El otro conductor, un hombre alto de barba incipiente y mirada penetrante, salió apresuradamente de su auto para verificar el daño. Luisa, con el corazón acelerado y los nervios a flor de piel, bajó a trompicones, aún aturdida por el golpe.

—¿Estás bien? —preguntó él, con la voz grave, colocándose a su lado.

—Sí, sólo... un poco asustada —murmuró Luisa, sintiendo el agua empaparla hasta los huesos.

El aire estaba cargado, no sólo por la tormenta, sino por algo más que Claudia no podía identificar. Lo que comenzó como una preocupación lógica por el accidente, pronto se transformó en algo más eléctrico cuando sus miradas se encontraron. La proximidad de sus cuerpos bajo la lluvia intensificó esa chispa de atracción innegable, inesperada.

—Vamos, deberíamos esperar a que pase la tormenta en el auto —sugirió él, guiándola hacia el asiento trasero del coche, donde ambos se resguardaron de la lluvia. El silencio entre ellos era pesado, pero no incómodo.

El roce accidental de sus manos fue todo lo que hizo falta. Un momento de contacto, y todo lo demás quedó olvidado. Luisa lo miró y lo vio acercarse lentamente, el calor de su cuerpo contrastando con el frío de la lluvia era anhelado por su cuerpo, sus labios se fueron acercando como imanes, el beso fue intenso, desesperado,. Sus bocas se encontraron con sed, con la lujuria de quien ha estado esperando toda una vida para ese momento.

Él de manera respetuosa pero con absoluto permiso por parte de Luisa, comenzó a meterle la mano entre su blusa, llegando a tocar su brasier, y suavemente lo retiro, dejando ver y sentir atreves de la blusa blanca sus grandes pezones deseosos de ser lamidos. Obedeciendo, él bajo su cabeza subiéndole la blusa y comenzó a besar sus pechos, saboreándolos, chapándolos, ella gimió e inicio un vaivén de sus caderas, las cuales se movía lentamente hacia él.

Las ganas los desbordaban, y lo llevo a él a meter su mano entre el pantalón azul que llevaba puesto Laura, sin que ella pudiera reaccionar pues su coño estaba húmedo, ganoso de sentir más placer, pero dentro de él.

Sin pensarlo las ropas mojadas quedaron olvidadas en el suelo del auto, y lo que comenzó como un accidente de coches se transformó en una colisión de cuerpos y deseos. Los gemidos y susurros llenaron el espacio cerrado mientras sus manos recorrían la piel del otro, sin más testigos que la lluvia y el rugido del viento fuera. El auto vibraba con cada movimiento, reflejando la urgencia de su encuentro, los vidrios empañados era evidencia de la faena que había en su interior.

Nada en ese momento era racional. Sólo había el placer crudo, la lujuria desatada entre dos extraños unidos por la casualidad, perdiéndose el uno en el otro como si fueran todo lo que necesitaban en el mundo.

miércoles, 30 de agosto de 2023

EN TU CASA

Quería sorprenderte, que disfrutarás de otras de las cosas que mejor sé hacer, pienso mientras me muerdo los labios. Quiero que hoy me rompas, que hagas cuanto te imagines.
Para ayudarte me pegaré un baño y te esperaré con la cena y la comida calientica. Llega un paquete en papel regalo, ¿acaso es para mí?, no puedo con la curiosidad, qué ven mis ojos. Definitivamente es para mí, lo estrenaré en la ducha, que grande y duro, intento pegar esa hermosa verga contra el vidrio, pero se nota que me falta práctica o tal vez, estoy nerviosa. Estoy mojada y quiero masturbarme, pero con él, iniciar la fiesta mientras llegas.

Camino desnuda hacia la ducha con mi nuevo juguete en la mano.  
Tiembla mi mano, cierro la puerta y lo dejo a un lado sin perderlo de vista.
Empiezo a jugar con mis pezones, mi mano baja sutilmente y mi coño responde al compás de mis dedos. Cierro mis ojos, toco mi culo con mis dos manos, lo acaricio queriendo llegar a mi orificio, pero sólo lo toco una y otra vez, mmm que rico, mi respiración aumenta su contracción, estoy mojada, inquieta.

Quiero jugar, la espuma del jabón me incita a recorrer mi cuerpo, mi cabello mojado se desliza por mi espalda, mientras mis pezones parados dan a bienvenida a mis manos, recorro cada poro, con suavidad, pero con fuerza, sin parar, quiero bajar, tener mis dedos en el interior de mi vulva, pero también mis tetas y culo desean ser apretados.
Ya es hora, por qué hacer esperarlo, lo tomo y lo introduzco en mi boca, quiero medir que tan grande es, e imaginar hasta dónde lo meteré.  Mmm es igual al tuyo, su dureza, lo erecto, su grueso, mmm que regalo me has dado.

Me agacho, lo pego a la baldosa y empiezo a chuparlo, me encanta, es repetir mi ritual contigo, pienso en tu verga mientras lo hago y meto mis dedos en mi coño.
No aguanto, soy débil ante el deseo, me paro doy la vuelta y me clavo en él.
Me muevo adelante y atrás, que delicia, cómo me lo meto, me clava y siento que esta dentro, lo hago con mas fuerza, mi culo toca la pared, siento que me estoy explotando, quiero más, quiero romperme. Lo que siento y recuerdo de ti, hace que me sienta mas caliente que nunca.

No sé cuánto llevo, sólo sé dos cosas, me he corrido tantas veces que mi chimba esta roja, mojada y adolorida. Tomo el dildo y lo pego sobre el baño, quiero clavármelo en mi culo.
Se me dificulta un poco, no estás para ayudarme, siento como se introduce en mi cavidad, ah, ah, me rompe, no puedo dejar de moverme, siento que me rompe, pero me encanta, quisiera que estuvieras aquí para que tu chimba me la clavaras en mi conchita.
Sentir dos vergas adentro, no puedo más, mmm.

Que me has hecho amor, me he chorreado.
Quiero que llegues ya, no sólo a casa sino dentro de mí.
Quiero más, te quiero a ti.

PENETRE SIN …

No hago sino pensar en nuestro encuentro de hoy, durante el trayecto a tu casa, no dejaba de pensar que te iba a comer hoy, mi verga estaba hinchada con ganas de echarte mi leche hoy.
Te veo llegar, no puedo creer que esa mujer sea mía, quería comerte a besos nada más verte bajar las escalas. Al subirte al coche, me sentí apenado cuando vi cómo observaste mi pito a explotar del pantalón. Pero sé que te encanta y temía a tus maldades, las cuales amo y cada vez me sorprenden más.

Lentamente, me saludas con uno de esos besos que temo desaparecer en ti, tu mano cómo quien conoce perfectamente el camino, abrió mi cierre y encontró mi feliz pene, por ser hallado.

No era capaz de hablar, sentía que tus vecinos nos veían desde algún balcón o al cruzar por la calle. Esta vigilante y cuando menos pensé tu boca estaba brillando lentamente mi chimbo, no podía moverme, quería tomarla y castigarla, metiéndole duro mi verga, hacerla mía, comerle su coño, hacerla sufrir de placer.

No era capaz de encender el auto, su cabeza solo iba de arriba abajo. Saque fuerzas y comenzamos el camino a mi apartamento, quería morirme cada vez que parábamos y tenia un carro más alto, suplicaba que no vieran a Carla en medio de tan concentrada actividad. Su lengua pasaba por mi cabezal y la introducía por el orificio, mi esfuerzo por mantener la compostura se convirtió en un suplicio.

Entre a casa y en pleno parqueadero, la cogí de la cabeza y la besé, quería comérmela desde arriba hasta la punta de abajo. Sutilmente corrí la silla y me la monté encima, al retirar su vestido, no podía reaccionar ante su brasier transparente y su panti de hueco vaginal, podía verla desnuda, aunque vestida. No me quedó de otra que atravesarla con mi verga, sin necesidad de desnudarla la penetré.

Verte gemir y llorar de placer, tu vagina contraída, tus gritos y fuerza en los dientes, hacían parte del concierto del deseo que vivíamos, yo por mi parte, te regalé toda mi leche espesa en tu cavidad mientras mordía y tocaba fuertemente tus tetas.

Entramos a casa y otra vez comenzaste la faena…

martes, 9 de marzo de 2021

¿TE NECESITO?


Hoy es un día normal, y por lo tanto tu imagen recorre mi mente y mi cuerpo responde ante el estímulo. No puedo evitar sentirme caliente, cachonda, ganosa o hambrienta, en todo caso si estuvieras a mi lado, lo único claro es que no estarías vestido.

Aquí estoy en ropa íntima, sé que debo terminar de vestirme, la reunión por zoom inicia en pocos minutos, pero no puedo, estoy mojada y mis dedos traviesos quieren hacer de las suyas.

Me siento sobre la cama y suavemente mis dedos corren mi panty dejando ver de manera sutil mi vulva, sé que brilla y tal vez, podría observarse el latir de las ganas, es imposible evitar que mis dedos empiecen a tocar suavemente mis labios y haciendo pequeños amagues de entrar a la cueva del deseo.

Comienzo a moverme, sabes que es imposible para mi cuando estoy excitada quedarme quieta. Estoy recostada, con mis dedos adentro, en un entrar y salir, mis pezones paraditos quieren ver la superficie, y empiezan a ponersen duros.

No puedo, juro que no puedo evitar empezar a tocarlos, piensa que por piedad o por traviesa. 

Cómo me gusta, con una mano toco mis tetas y con la otra mi conchita, qué rico, quiero tenerte encima, lamer tu pistón o mejor obligarte a entrarlo de inmediato.

Mmm, no puedo parar, pienso en tu verga dura, en tus manos como tocan mi culo, tu boca como se come mis tetas. Meto mis dedos, estoy mojada, caliente, esta chimbita quiere acción.

Sigo..., no puedo parar, pienso en tu verga. Qué excitada estoy, no puedo parar, mi cuerpo se retuerce, siento que voy a llegar, mi rostro se estremece, entran y salen mojados mis dedos, mi respiración se acorta, ay, quiero tu lengua adentro de mí, me encantas, te necesito, ay, no puedo parar, quiero más, Dios que rico, me he chorreado por ti.

martes, 11 de octubre de 2016

¡MALDITA SEA!

Hoy estoy como una perra en celo y me encuentro en una ciudad sin amigos para poder calmar estas putas ganas que tengo de ser culiada.

No puedo quejarme de la habitación que me han dado, da justo a la calle y el registro de la ciudad es realmente hermoso. Paso los canales y realmente no hay nada que merezca mi atención, más bien me enciende más estos deseos.

Pienso que debería salir y hacerlo con el primer extraño que me apetezca, pero temo devorar por el primer pito que sienta cerca.

Ingreso a mi página favorita de porno, he decidido que hoy realizare un viaje de expedición al interior de mi concha.

El sólo abrir la página y ver pequeñas imágenes de los vídeos, pollas, culos, tetas, bocas, siento mi corazón acelerarse y mi humanidad comienza a contraerse mientras siento como me humedezco.

No puedo evitar enviar mis dedos a la boca para luego sobarlos en mi conchita rosada, me siento en el escritorio y me he quitado mis bragas, tan solo me dejo mi pequeña bata que todo lo deja a la vista.

El vídeo que elijo es de una chica provocativa que realiza un baile para mí, está completamente desnuda, veo su conchita la cual abre cual especialista y torturadora, su culo redondo cómo lo mueve, mmm y me deja ver su pequeño hoyo. 

Cómo quisiera estar con ella para meterle mi lengua en esa conchita rosada y mis dedos por su culito.

Me mira provocativamente y como quien va a realizar una maldad trae consigo un vibrador que introduce lentamente por su cavidad, yo saco de mi bolso un hotGvire que he comprado en el aeropuerto. 

Me lo pongo entre mis dedos, estoy temblando, lo que veo me tiene a mil, quisiera besar esas grandes tetas, chuparlas y dejarlas por un buen rato dentro de mi boca.

No puede dejar de verla, mientras me introduzco los dedos, estoy súper excitada, el vibrador ha pasado la primera prueba, me tiene a mil, entro y saco mis dedos, mi gallo esta durito, a la vez que observo el de la joven, como se ve de rico y jugoso, estoy mojada, siento que sale y sale liquido de mi cueva, pero no puedo parar, los movimientos se tornan similares, es como si pensáramos llegar juntas, gimo, grito, me toco fuertemente mis tetas, no puedo soportar lo que siento y veo.

Qué coño tan delicioso, y mientras me venía, sólo puede aumentar la intensidad de mi orgasmo cuando vi que de su concha salir un chorro gigante, mientras gritaba satisfecha.

Esa chica la hice mía esta noche y con ella calmé esas ganas sin freno que tenia.


¿Y tú estarás cerca para mañana?

martes, 19 de abril de 2016

CITA PARA TOMAR EL TÉ

Hace ya 15 años salimos del colegio, hoy todas nos encontramos alrededor de los treinta.

Vanesa me contactó mediante las redes sociales, ella siempre fue muy llamativa, no sólo por tener varios chavales detrás de ella, sino también por iniciar nuestros conocimientos en el mundo de la pasión y coquetería.
Por las fotos observaba que seguía siendo hermosa pero me moría de la curiosidad por conocer un poco más de su vida, confieso que el cotilleo es algo que a casi todas las mujeres nos encanta.

Al llegar me sorprendió: Vanesa seguía siendo una mujer hermosa, tal y como en el colegio. Su manera de caminar, contextura, cuerpo, cabello hacia que su presencia no pasará desapercibida para ningún hombre o mujer del café.

Después de intercambiar experiencias laborales, académicas, llegamos a un tema que sabía no faltaría tratándose de Vanessa: su vida de pareja pero en el campo sexual. Me mostró fotos de su esposo, el cual estaba de muerte, la verdad envidié a mi compañera una vez más.

De todas las experiencias que me contó, hay una que se me quedó clavada en mi mente, sé que no la podré vivir jamás con mi esposo, pero tengo la esperanza que algún día pueda conocer a un hombre que me alcahuetee y me acompañe activamente en ella.

Sucedió el 4 de enero de este año, su esposo llegó a casa con un par de la oficina radicado en Londres. Ella se encontraba leyendo en el sofá de la biblioteca un libro que había logrado despertar su curiosidad “El gran libro del sexo” lo había comprado aquella mañana en la Casa del Libro de la Gran Vía.
Como no esperaba visitas se encontraba con una camiseta blanca que dejaba ver claramente su sostén de encaje, un short corto, puesto que tenía encendida la calefacción.

Sintió la llegada de su esposo, quien de manera casi inmediata mencionaba su nombre para saber si se encontraba en el hogar, se paró y con el libro en mano se desplazó  a saludarlo. Cuál fue su sorpresa cuando vio que estaba acompañado de un hombre maduro bastante conservado.

Pidió excusas por su manera de vestir y sin pensarlo, mostró la carátula del libro para explicar que estaba leyendo y que buscaba comodidad para disfrutarlo. Su esposo sonrió y le dio un beso apasionado en frente de Peter.

Se retiraron los abrigos y colocaron las maletas en la mesa del pasillo correspondiente a la entrada. Pasaron a la barra para servirse una copa de vino, Vanesa sentía las miradas de lujuria de su esposo y, lo que era incómodo, de Peter también.

Mariano, su esposo, dejó su copa a un lado y le extendió sus brazos para que Vanesa diera los cuatros pasos que lo separaba, al llegar a él la abrazo por la cintura y le dijo a su oído, ¿te ha gustado Peter?, te lo he traído para que lo disfrutes, ¿te gusta la idea mi amor?, su boca se posó en su cuello dándole pequeños mordiscos como si quisiera anticiparle lo que estaba por vivir.

Vanesa me comenta que sintió grandes corrientazos por su cuerpo, especialmente en su sexo que empezó a lubricarse.

Pasaron  a la sala en donde suavemente Mariano le quitó las pocas prendas que llevaba puestas. Tomó su corbata y cubrió con ella los ojos de Vanesa, como quien desea despistar a la presa.

Ella tan sólo escuchaba las expresiones de morbo pero cargadas de deseo que decían Mariano y Peter, ellos podían observar como su vulva crecía de tamaño al igual que sus pezones.

Sintió una mano fuerte tocar su pecho izquierdo, mientras otra distinta tocaba el interior de sus genitales, comenzó a gemir. Era imposible saber cuál era la mano de su esposo y menos los labios que comenzaron a cubrir sus cuello y pecho o aquella que comenzó a meterse en su conchita.

Sus manos estaban paralizadas tomando fuertemente el cojín que se encontraba en su cabecera. Logró diferenciar que Peter estaba a su izquierda por la manera como respiraba, así que aprovechó y busco con su mano izquierda su verga.

La halo contra su boca pero prefirió arrodillarse, comenzó a metérsela hasta el fondo, hasta sus guevas las entraba y chupaba, - “estaba rico, delicioso” me comentó Vanesa, en quien observaba algo de morbo y placer mientras continuaba narrando.

Peter me tomaba del cabello para sentir que mandaba el ritmo de mi autopenetración, mi esposo abrió mis piernas y comenzó a lamerme el culo y meterme poco a poco sus dedos dentro de él.
Estaba tan mojada, mi respiración era cortada por mis gemidos mientras me comía ese fino pistón.

Mi esposo me tomó en cuatro y comenzó a penetrarme el culo mientras seguía chupándosela a Peter, las manos de Mariano golpeaban mi culo mientras que las de Peter halaban fuertemente mi cabello. Entraba a romper esa verga de mi esposo, sentía que dentro me estallaba, me quemaba, pero de ese chimbo de Peter lograba saborear sus jugos seminales una y otra vez.

Sorpresivamente Mariano me levanto tomando mis tetas, me inclinaba y enderezaba, era un dolor intenso pero excitante, me quitó la venda y mi primera imagen fue la de Peter sacándole brillo a su gran bastón, así que me incorpore y me senté encima de Peter dándole la espalda, metiéndome toda su gran verga por mi conchita, tomé con mis manos el chimbo de Mariano y comencé a brillarlo con mis labios, con mi lengua. Sentía que me venía una y otra vez.

Le indique a Mariano que se acostará, quería cabalgarlo, posé mi pecho sobre el suyo para llegar a sus labios, cuando Peter me abrió las piernas, colocó una de sus manos en mi espalda y me montó irrumpiendo mi huequito, sus huevos me tocaban fuertemente. Mis gemidos eran fuertes, sentía que me moría, las gotas de sudor recorrían mi cuerpo, la garganta hacía casi imposible modular palabra. Podía sentir como todos tres estábamos que estallábamos. Primero llegó Peter quien lleno de lava blanca todo mi culo, luego como dos amantes cómplices Mariano y yo.

Los tres sobre el tapete quedamos estáticos, el olor a sexo delataba nuestro gran encuentro.

Una vez me duché y estaba arreglada, digna para la cena, departimos un delicioso plato en compañía de Peter, un gran amante. Esperamos nos visite el próximo mes cuando deba venir a trabajar con Mariano”. 


martes, 12 de abril de 2016

ENCUENTRO FUGAZ A LA 1:40 P.M.

Acabábamos de terminar la cena, la de hoy, aunque cerró con varios ceros el negocio, se tornó aburrida; de esas que uno no ve las santas horas de firmar, estrechar la mano y pasar al cuarto para tomar una siesta.

De repente, de la mesa diagonal, se levantó una joven que dejó a los comensales con la garganta seca. Su falda negra era tan chiquita que dejaba observar sus bellas piernas y realizar una expedición a su interior, su blusa de manga larga enmarcaba su pequeña cintura y en su escote se pavoneaban sus grandes pechos.

Me sentí afortunado cuando pasó a mi lado, rosando mi hombro con su cadera.
-Disculpe – me dijo mientras sus grandes ojos y su boca chica expresaban una pequeña muestra de coquetería y timidez.

No puedo explicar mi reacción, tal vez porque estaba obnubilado ante su belleza y sutil inocencia. -¿Quieres que te escolte?, no quisiera que te pasará algo en el toilet-, le contesté.  

Jamás pensé que aceptaría tan peligrosa propuesta, sin embargo, asintió con su cara y extendió su mano para que fuera tomada por la mía.

Caminamos por medio de las mesas hasta llegar al pasillo, las miradas de los asistentes podía percibirlas a mi espalda, me sentía único y afortunado, estaba tan cerca de ella que podía sentir el olor de su cuerpo, ver como se movía, lo cual cada vez me ponía más cachondo.

Al final, ya cuando las puertas de los baños se enfrentaban, me dijo:  – no suelo caminar con extraños, así parezcan un sueño –
No pude evitar sonrojarme, me sentí como un chiquillo a pesar de posar en mi rostro mis cuatro décadas de existencia.

Acercó su cuerpo al mío, su rostro descansó en mi pómulo derecho por un instante mientras murmuró: – Soy Karen. Puso su oído junto a mi boca como quien desea continuar una cercana conversación. Me llamo Alberto – contesté con una voz que me abochornaba por lo quebrada que sonó.

-¿Quieres escoltarme adentro?, temo golpearme o desmayarme estando sola –. Yo tan sólo luchaba por respirar de manera normal.

Tomó mi mano, abrió la puerta e ingresamos al baño para personas con discapacidad.
Me sentía tan idiota, mis pensamientos no coincidían con mi actuar, ella lograba 
intimidarme.

Desabotonó lentamente su blusa y comenzó a tocar sus grandes senos a través de su sostén, su mano subió la falda mostrándome su tanguita. Bajó la cremallera de su falda, al caer, con su sandalia en su pie, la colocó a un lado.
Comenzó a lamer sus dedos y a metérselos en su concha; el panti, a un lado, sostenido por su otra mano. Tenía sus ojos cerrados y su boca era lamida por su lengua lentamente. Se retiró la blusa y la puso sobre el lavabo, se sentó en la taza y volvió a meter sus dedos, esta vez causándole un vaivén. Yo quería metérsela, pero no sabía si lo único que ella quería era volverme loco sin participar activamente en la faena.

No me miraba, tan sólo se daba placer, comenzaron a caer pequeñas gotas por su cuerpo y se veían sus pezones rígidos y parados; quería cogerlos, devorarlos, morderlos.

¡Qué crueldad, cómo es posible que sea un observador no más!
Dios, estaba que moría y más cuando su respiración empezó a cambiar y los gemidos dieron entrada a un baño de fluidos en sus dedos, ¡que bella se veía!
Abrió sus ojos y como quien se apiada del ganoso, me bajó la bragueta e introdujo su mano en búsqueda de mi gran bestia.

Lo introdujo en la boca, su lengua trataba de introducirse en mi orificio, su mano iba y venía hasta el inicio de mi verga, yo tan sólo sentía cómo mis piernas comenzaban a temblar, y le susurraba: – que bien lo haces –. Ella sólo sonrió mientras me miró a los ojos y como toda una profesional continuó.

-Quítate la ropa- me dijo mientras continuaba comiéndose mi verga.
-Arrodíllate-, me dijo, abrió sus piernas y colocó sus pechos sobre el lavabo, comencé a besarle su culito a meterle mis deditos adelante y atrás, estaba tan ganosa, lo sentía por los sonidos, me dijo: -acuéstate- y comenzó a clavarse mi pene en su cuenquita, bajó su pecho apoyando sus manos en el piso, Dios esa mujer era multiorgásmica y quería más.

Tomé sus nalgas para abrirlas y cabalgar haciendo yo el movimiento, sentía como limpiaba mi pene en su chimbita, bajó su cabeza y comenzamos a besarnos, su lengua entraba en mi boca y yo la succionaba como quien desea robarla.

-Culéame, méteme esa verga, quiero que me rompas- Abrí nuevamente su culo y lo entré sin pausa, un grito de dolor salió de su boca, -¿quieres que pare?- le pregunté.

-No, sólo cabalga a esta potra-. Sus palabras  me electrocutaban, la bajé sin sacar mi chimbo de su cueva y la pasé a mi frente, le tomé su pierna izquierda y la levanté para facilitar que entrará bien adentro y duro como me lo pedía.
Estábamos inundados de fluidos, nuestros cuerpos sudados querían más.
Baje la pierna y me puse encima para comenzar a darle palmadas en su apretadas nalgas, se venía una y otra vez.

-Acuéstate- y tomo mi pene llevándolo nuevamente a su boca. Paró y se puso en cuatro, -vuelve a culearme-, esta vez la traía y llevaba, veía su espalda suave, su cabello al lado de ese bello rostro.
Estaba desesperada, tocaba con sus manos el cabello, presionaba las baldosas.
-Pégame- decía, mientras sacaba saliva de su boca y tocaba mi pene.
Se volteó y se abrió de piernas, e introdujo sus dedos en su conchita, su mirada me ordenaba que entrará ahí, en ese huequito lleno de líquido, metí mi animal sin temor, se sentía caliente y húmedo, sus tetas estaban allí para ser tocadas, devoradas por mí.

Su pierna izquierda sobre mi hombro me ayudó a entrar con más fuerza, sus manos apretaban mis nalgas como quien no quiere despegarse.
Con mis manos presionaba sus tetas, su vientre con fuerza, lo entraba y lo sacaba a una velocidad que quemaba pero que hacía que quisiera más, no quería que acabara. Sus gemidos hacían que me sintiera un toro, un hombre deseado.

Comencé a sentir que me derramaría y ella lo sintió también porque me pidió que aún no.

Lo saqué y toqué fuertemente la punta, besé sus tetas por unos instantes mientras introducía mis dedos en su concha.
Me acostó y comenzó a cabalgar de espalda como quien doma un animal. No podía más, sentir mi chimba en su cueva me excitaba tanto que temía no poder soportarlo.
Pero su maldad fue más allá de lo imaginable, tomó entre sus manos mi verga y lo introdujo en su hoyito, ¡cómo poder soportarlo!, juro que lo intente, pero ya estaba demasiado ebrio de pasión como para evitar la erupción de mi jugo blanco.

No podía moverme, tan sólo observaba como se volteó y limpió con su boca mi pistón, que aún estaba erecto.

No podíamos hablar estábamos secos de garganta.

Karen se vistió y salió nuevamente a su mesa.
Cuando llegué a la mía, allí estaba en medio de sus amigos y yo en medio de mis colegas.

Su mirada disimulada permitió que nuestras miradas se cruzaran.  

viernes, 18 de marzo de 2016

ESPIANDO A MI VECINA

Si en alguna oportunidad alguno de nuestros amigos tan siquiera propusiera espiar a mi vecina, pensaría que están locos y tal vez me liaría un poco.

Sin embargo, hoy en medio de la mañana, la imagen de mi vecina Lorna captó mi atención, no podía creerlo, así que llamé a mi esposo Ómar para que disfrutara conmigo lo que mis ojos veían.
Lorna era una mujer agraciada pero jamás me había detenido a repararla, tendría unos 30 años, delgada, con un culo y unas tetas que por lo que observaba pararían el tráfico. Y por la respiración de Ómar notaba que no le era nada indiferente.

Lorna estaba sentada en un sofá al lado del jardín, tenía su vestido negro en la cintura, sus pechos estaban al aire y su panti dejaba observar parte de su gran vulva.
Sus manos estaban explorando cada rincón de su cuerpo, introducía suavemente sus dedos en la boca y comenzaba a masajear circularmente sus senos, su cara se deslizaba hacia atrás suavemente mientras sus manos tocaban su coño, podía ver sus largos dedos  deslizarse por su corte.
Estaba mojada y observé que el pene de Ómar estaba grande y con una de sus manos se tocaba disimuladamente, sabía claramente que la fiesta aún no había comenzado.

Lorna tomó un objeto brillante y se lo introdujo en su boca. – Mira cómo lo lame, ella quiere comerse ese gran pito que tienes, quiere mamártelo, chupártelo – La respiración de Omar se contraía, me gustaba sentirlo ganoso y excitado.
Suavemente Lorna introdujo el pene de metal en su concha, lo entraba y lo sacaba, de la misma forma en que comencé a tocar la verga de mi esposo.

Me excitaba verla con sus ojos cerrados, y aunque no escuchaba sus gemidos podía imaginarlos para complementar la escena. Su coño estaba abierto para nosotros, teníamos todo eso a nuestra disposición, me encantaba lo que veía. Se sentó y con sus ojos abiertos nuevamente, el objeto volvió a su boca, mientras con una de sus manos nos indicaba que quería que fuéramos.

Miré a Ómar como quien quiere tan sólo un estímulo para pasar la puerta corrediza y estar a su lado, pero él tan sólo me dio un beso mientras me metía la mano en mi concha y me susurro al oído: - ve y comete ese coño, bríndame un verdadero show, demuéstrale la perra que eres –
Quería devorar a mi esposo, sabía de mis gustos y me conocía tan bien que tenía claro que después de haber visto esa vulva, sería improbable para mí rechazarla.

Camine hacia ella con mi sexo húmedo, ansioso y deseoso de poseerla, mientras ella ya estaba sobre el sofá completamente desnuda explorándose una vez más su cuerpo con sus dedos.
No quería esperar, mientras me acercaba iba retirando las prendas de mi cuerpo, lo que quería era poder estrechar nuestros cuerpos hambrientos y sentir que desde casa Ómar me sentía.
Se paró para recibirme pero las palabras sobraban en aquel momento, comenzamos a besarnos mientras nuestras manos se desplazaban, empezamos a acercar el cuerpo de la otra, así nuestros pechos se tocaban fuertemente y nuestras conchas se frotaban. Comencé a besarle uno de sus pechos mientras mi mano tocaba su chocha, sabía que Ómar me observaba, que con su mano se masturbaba, pero que daría lo que fuera por ser la mía dentro de Lorna.

Suavemente la dirigí al brazo del mueble y con mi boca entre su intimidad le abrí sus piernas, quería que Omar viera la vulva que estaba a punto de devorar. Mientras le introducía mi lengua abría mis piernas para que observará mi culo abierto, deseoso de ser tocado. Le pasaba mi lengua, se la chupaba, la lamia, ella tan sólo se movía y gemía.

Mis labios besaban los suyos y al meterle mi lengua en su huequito sentía como la hacía mía, sus manos sostenían mi cabeza para evitar que dejara de darle ese placer, mis dedos iniciaron a explorar mi sexo, los pasaba rectos y duros entre mi culo y mi coño, haciendo presión en mi entrada, y separando mis labios, quería engañar a mi sexo de ser penetrado.

Su mano pasó a tocarse y frotarse fuertemente sus tetas, intenté pararme pero ella quería que la lamiera, chupara más. De un momento a otro se inclinó y me paro, comenzamos a besarnos, estaba a mil. Me giro y me sentó en el brazo del sofá e inicio ella a explorar mi coño, no podía moverme estaba maravillada de cómo me comía, era una experta en mí. Quería abrirme para que no quedará ni un espacio sin que ella o yo disfrutáramos. Su lengua era mágica, ver sus ojos mientras su rostro estaba dentro de mí producía una excitación jamás vivida, metió tres de sus dedos en mi cueva y comenzó a moverlos y friccionar mi chocha, sus labios se los mordía y pasaba su lengua, era una chispa para mí.

Me pasó sus dedos mojados de mis jugos y me los introdujo en mi boca, para nuevamente regresar a mi coño. No puedo creer, olvidé que Omar me observaba y comencé a temer que pudiera sentir celos de esta nueva puerta abierta al placer.

Lorna me miro y como si de cómplices se tratase me invitó a sentarme frente a ella, sus dedos comenzaron a introducirse en su coño, se estaba masturbando para mí, así que yo comencé a darle el mismo placer que me ofrecía.

Ese cuerpo perfecto, sus grandes tetas, su hermoso culo todo estaba a mi vista, verla masturbándose para mi, hacía que me mojara una y otra vez.
Se acostó en el piso boca arriba y me pidió que me arrodillara y le ofreciera mi concha, mientras que yo me inclinaba y saboreaba al igual que ella, el elixir del mejor sexo jamás tenido. Era tan alto el nivel de sensaciones que no podía concentrarme, mi coño abrigaba su lengua y mi culo sus dedos, sentía estallar y por otro lado mi boca se comía esa gran chocha, a la que obligaba a abrirse para ver sus huequitos y comérmelos todos.


Nuestros cuerpos comenzaron a contraerse fuertemente, nuestros dedos colaboraron para terminar el gran festín; gemimos, nos retorcimos pero yo quería venirme a chorros frotando nuestros coños y besándonos como cuando me recibió en su jardín.


¿TAL VEZ FUE LA GINEBRA?

En medio de la conversación acompañada ya de unos cuantos tragos de ginebra y tónica, hace un mes exactamente, sentí que Any comenzó a mirarme distinto, lo extraño para mí fue que la comencé a ver diferente, me atraía, ver su boca rosada me despertó unos deseos inimaginables por besarla.

No me atrevía a insinuar nada, y menos teniendo en cuenta que Any nos había invitado a Tom y a mí para departir y conversar sobre nuestro laborío, en fin, departir un rato entre amigos.

Pedí a Any prestado su baño, allí pude darme cuenta que estaba inundada, no pude evitar pasarme mis dedos para intentar darme un poco de lo que deseaba. Me lavé mi cara para ayudar a despejar mi mente, pues mi cuerpo ya sentía venir algo distinto.

Al llegar nuevamente a la sala, la imagen que observaba no la podía creer, Any estaba besándose con Tom. Nuestro Tom había sido nuestro compañero por más de seis años y jamás había pasado algo entre nosotros; acampar, tomarnos unas cañas, estudiar hasta tarde, ir a cine, habían sido actividades usuales sin que se presentara un enlace íntimo entre nosotros.

Pero lo que más me sorprendía era el grado de placer que esa escena me producía. Any se levantó del sofá y me extendió sus brazos, yo sólo caminé hacia ella. Una vez frente a ella, tiernamente corrió los cabellos que tenía sobre mi cara, tocó mi mejilla y su mano de depósito alrededor de mi nuca y muy sutilmente me inclino hacia ella. Mi corazón estaba a mil pero mi cuerpo se encontraba inmóvil, sus labios tocaron los míos y ellos comenzaron lentamente a responder a sus caricias.

Sus manos empezaron a tocar sutilmente las tiras de mi blusa y brasier, deslizándose lentamente sobre mi brazo, lo que permitió dejar al descubierto parte de mi busto. Su boca comenzó a rozar mi cuello, haciendo que mi cabeza se inclinara para no estorbar o impedir sus besos.
Tomó mi blusa desde la cintura y la fue recogiendo, sumándole mi brasier, las subió y sin una sola palabra entendí que debía subir mis brazos para contribuir en la despojada de aquellas prendas que impedían continuar. Mis pechos al aire, requerían compañía y como quien imita un comportamiento realicé los mismos movimientos para retirar de su cuerpo la camiseta blanca y su sostén.
Sus labios nuevamente se acercaron a los míos, nuestras tetas erguidas y duras se tocaban, no podía dejar de besarla y tocar su espalda, estaba tan excitada que me era imposible pensar en otra cosa distinta a ella.
Seguíamos besándonos como si nuestros labios fueran imanes, mientras nuestras manos mutuamente acariciaban los senos de la otra. Sus tetas eran redondas y erguidas, su pezón estaba duro y protuberante, los masajeaba temiendo revelar mis deseos por tenerlos en mi boca.
Any bajo sus manos e inició a retirar mis jeans y pantis, me apoyé en sus hombros para levantar una y luego la otra pierna, con el fin de facilitar su objetivo.

Ella se levantó lentamente y nuevamente su boca fue depositaria de mi saliva, quería en un beso que sintiera la locura que por dentro sentía. Sus manos guiaron las mías y comprendí que debería ayudarle a retirar de su cuerpo las pocas prendas que aún tenía encima. Me temblaban las piernas, las manos al sentir su conchita al aire libre, frente a mi rostro. Quería tocarla pero temía asustarla, no sabía cómo debería actuar.

Me incorporé en mi postura inicial como quien espera indicaciones de su instructora. Any me llevo con dulzura tomada de la mano a sentarme sobre la alfombra grande que se encontraba en medio de los dos salones, e invitó a Tom quien ya estaba sólo con su bóxer.

Tom se acostó boca arriba dejando su rostro cerca de mi conchita, mientras que Any gateaba entre sus piernas para alcanzar su mástil, al llegar podía verse cómo su pene estaba en su máxima expresión. Con su boca lo buscó como quien desea comprobar su hipótesis, le retiró su prenda y el falo se levantó.
Tom con sus manos buscó mi cueva y comenzó a explorar con sus dedos, mientras yo observaba cómo Any introducía esa verga una y otra vez en su ganosa boca, mis manos volvían una vez más a buscar sus senos, comencé a apretarlos y masajearlos.

No sabía que me tenía a punto de explotar, si el que Tom pasara sus dedos por mi culo, me introdujera sus dedos por mi concha y el que me golpeara fuertemente mis nalgas, o ver la cara de placer de Any y Tom, o mejor aún, tener las tetas de Any en mi boca.
Any me miró y me indicó que era hora de chupar esa gran verga, mientras ella succionaba sus testículos era imposible evitar que nuestras lenguas se unieran y robarnos un beso apasionado mientras reemplazamos nuestras bocas con las manos en el pene de Tom.

Los labios de Tom se veían sedientos, ganosos, lo que me invitó a arrodillarme a la altura de su rostro y dejar caer mi clítoris. Any me siguió y a mis espaldas se clavó la verga en su concha. Aunque no podía ver a Any sentía su excitación a través de Tom.

Los dedos de Tom abrieron mis labios mientras su lengua perforaba mi coño, su lengua iba y venía al ritmo de la cabalgata de Any, mis jugos ya estaban esparcidos, y temía no poder con tantas sensaciones, los gemidos eran dominantes y envolvían en deseo. Sin entender cómo estábamos las dos de rodilla ofreciendo nuestros culos a él.
Comenzó conmigo introdujo ese gran pito en mi hoyito y con sus manos perforaba el culo de Any, gemimos ante un dolor placentero mientras volvíamos a unir nuestros labios.

Nos giramos y solo podía colocar atención a el cuerpo de Tom, jamás me había precavido de sus músculos marcados, jaló la pierna derecha de Any mientras le introducía su verga en la conchita. Yo no podía desperdiciar la oportunidad de tener nuevamente sus tetas en mi boca, ella pedía mi boca sobre la suya, nos besamos una y otra vez.

Le pedí a Tom que se acostara, quería sentir otra vez su falo pero en mi vagina, mientras Any recibía la lengua de Tom en su chocha.
Con dulzura y caricias en mi espalda y cuello Any me indicó que me bajara y comenzó a chupar la verga de Tom mientras comencé a acariciar con mis manos su concha. - mira cómo me como tus jugos, estoy saboreando el sabor de tu coño - me susurro Any, de manera agitada pero con gran excitación, tanta que logró que los tres de manera armónica nos derramaramos.

Hoy estoy ansiosa por verlos pues quedamos de encontrarnos en el apartamento de Tom para compartir unos buenos tragos de Ginebra.