El tribunal estaba en silencio. Los ojos del juez Eduardo Marín recorrían la sala antes de posarse en la acusada: Valeria Ocampo. A sus pies, documentos, pruebas, testimonios, todo apuntaba hacia ella. Pero no era la primera vez que su mirada la recorría; había algo más profundo que lo legal en esa atracción inexplicable, una corriente de tensión latente entre ambos que había nacido desde el primer día del juicio.
Valeria, con sus cabellos oscuros cayendo en ondas suaves sobre sus hombros, mantenía la cabeza erguida, el rostro impasible. Sabía que estaba siendo observada, que las decisiones de su futuro pendían de ese hombre imponente detrás del estrado. Lo que no sabían los otros era que, bajo esa máscara de fortaleza, había algo más que desafiaba a la justicia misma.
La noche anterior había sido intensa. Sus cuerpos entrelazados en la penumbra de una habitación oculta, donde no existían las reglas ni el juicio. Valeria lo había despojado de su toga con la misma intensidad con la que él la había llevado contra la pared, sus labios recorriendo cada centímetro de su piel, borrando la línea entre lo prohibido y lo inevitable. Los gemidos de placer compartido quedaron ahogados entre las paredes de un encuentro que no debía haber sucedido, pero que ambos sabían era imposible de detener.
Los ojos del juez volvieron a cruzarse con los de Valeria. Era como si ambos estuvieran reviviendo esa noche, en ese instante. Un juego silencioso donde el deseo y la razón se enfrentaban, luchando por el control. Él debía condenarla, pero su mente estaba inundada con el recuerdo de su boca entreabierta, sus suspiros de entrega, las marcas de uñas que aún llevaba en su espalda como prueba de esa lujuria desenfrenada.
Cuando Eduardo se aclaró la garganta y comenzó a hablar, cada palabra parecía un eco de lo que no podía decir en voz alta. Valeria bajó la mirada sólo un segundo, dejando entrever una sonrisa traviesa. Ambos sabían que, pase lo que pase, ese fuego entre ellos no se extinguiría con un veredicto. Y más cuando había un torbellino de emociones contenidas que, una vez desatadas, arrasaron con todo a su paso. En el oscuro refugio de una habitación olvidada, Valeria y Eduardo se habían entregado al deseo que habían reprimido durante tanto tiempo. Él, aún con la toga del juez apenas colgando de sus hombros, la había tomado por la cintura, atrayéndola con una urgencia que hacía vibrar el aire entre ellos. La primera caricia fue suave, casi tímida, pero rápidamente se transformó en una pasión desbordada.

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