El vuelo hacia Bilbao había sido largo, pero lo más inquietante para Claudia no fue la duración, sino la presencia del hombre sentado en diagonal a su silla. Desde que tomó su lugar, sintió una fuerte atracción hacia él.
Lo que Claudia no sabía es que,
desde el momento en que cruzó el pasillo del avión buscando su asiento, aquel
hombre había quedado prendado de ella. Su figura, la elegancia con la que su
falda bajaba a sus caderas, el sutil movimiento de sus piernas al caminar. Todo
en ella era una tentación. Cuando pasó frente a él, su mirada fue rápida pero
precisa, recorriendo su cuerpo de arriba abajo, deteniéndose apenas un segundo
en el escote de su blusa, lo suficiente para notar el encaje negro de su
brasier asomando ligeramente.
Al día siguiente, en el congreso
de oftalmología, Claudia se inscribía en el evento sin imaginar que lo volvería
a ver tan pronto. Mientras hacía fila para recoger su acreditación, lo notó de
pie al final de la sala. Su mirada se cruzó con la de él, y esta vez no fue sólo
un roce casual, fue un reconocimiento. Él dio un paso adelante, decidido a no
perder la oportunidad.
Se acercó con una sonrisa apenas
contenida, encontrando una situación fortuita.
—¿Desde dónde viajaste? —preguntó con una voz que llevaba un tono de intriga
disfrazado de cortesía.
Claudia, aunque sorprendida, respondió con naturalidad, sin saber que en ese
momento se estaba gestando algo mucho más profundo que una simple conversación
sobre el destino compartido.
Durante el primer día del evento,
intercambiaron miradas cargadas de electricidad en cada oportunidad, y esa
noche, en el hotel, supieron que las palabras ya no serían suficientes. Un
ascensor compartido, el roce sutil de sus cuerpos al girar hacia sus
respectivas puertas, y una invitación que no fue verbal, sino un intercambio
silencioso de intenciones. Esa misma noche, la puerta de la habitación de él se
abrió para recibirla, y lo que siguió fue una tormenta de deseo que había
estado acumulándose desde el avión.
Sus cuerpos se encontraron con
una urgencia contenida durante demasiado tiempo. Él la empujó contra la puerta,
sus labios encontrando a los de ella en un beso cargado de pasión reprimida.
Los dedos de él recorrieron con hambre la curva de sus caderas, subiendo por su
espalda hasta encontrar el encaje que recordaba haber visto en el vuelo.
Desabrochó el sujetador con destreza, mientras ella se deshacía de su camisa,
sus manos explorando el pecho firme de él, marcando cada músculo con una
lujuria incontrolable.
El calor en la habitación era
sofocante, el aire cargado de suspiros entrecortados y gemidos que escapaban
sin censura. Se entregaron al placer sin límites, los cuerpos entrelazados
sobre la cama, en el suelo, contra la pared. Cada movimiento, cada caricia, era
una explosión de deseo que ambos sabían no podría quedar satisfecho en una sola
noche. Las horas pasaron, pero la pasión no cesó. Cada rincón de la habitación
fue testigo de su desenfreno, sus cuerpos se movían al unísono, encontrando un
ritmo que sólo ellos podían comprender.
Los días se deslizaron entre
ellos como un susurro de pieles y besos furtivos, y cuando el congreso llegó a
su fin, ambos sabían que esto no había terminado. La promesa de un próximo
encuentro quedó grabada en cada mirada, en cada caricia que aún encendía su
piel.
El congreso de oftalmología del
siguiente año sería la excusa perfecta para acumular el deseo que guardarían en
silencio, listo para desatarse nuevamente.
Cada vez que se despidieron en la
sala de conferencias, ambos sabían que la verdadera despedida no llegaría hasta
esa última noche en la habitación, donde la lujuria los había consumido y
seguiría haciendo, año tras año, con la misma intensidad que en aquel primer
encuentro.

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