viernes, 4 de octubre de 2024

DOS EXTRAÑOS

La lluvia caía con fuerza sobre el parabrisas cuando Luisa perdió el control de su coche. Todo ocurrió en un instante: el chirrido de las llantas, el impacto, y el cruce con otro auto en plena carretera. El choque no fue grave, pero lo suficiente como para que ambos vehículos terminaran a un costado, los motores humeando y las luces parpadeando entre los relámpagos.

El otro conductor, un hombre alto de barba incipiente y mirada penetrante, salió apresuradamente de su auto para verificar el daño. Luisa, con el corazón acelerado y los nervios a flor de piel, bajó a trompicones, aún aturdida por el golpe.

—¿Estás bien? —preguntó él, con la voz grave, colocándose a su lado.

—Sí, sólo... un poco asustada —murmuró Luisa, sintiendo el agua empaparla hasta los huesos.

El aire estaba cargado, no sólo por la tormenta, sino por algo más que Claudia no podía identificar. Lo que comenzó como una preocupación lógica por el accidente, pronto se transformó en algo más eléctrico cuando sus miradas se encontraron. La proximidad de sus cuerpos bajo la lluvia intensificó esa chispa de atracción innegable, inesperada.

—Vamos, deberíamos esperar a que pase la tormenta en el auto —sugirió él, guiándola hacia el asiento trasero del coche, donde ambos se resguardaron de la lluvia. El silencio entre ellos era pesado, pero no incómodo.

El roce accidental de sus manos fue todo lo que hizo falta. Un momento de contacto, y todo lo demás quedó olvidado. Luisa lo miró y lo vio acercarse lentamente, el calor de su cuerpo contrastando con el frío de la lluvia era anhelado por su cuerpo, sus labios se fueron acercando como imanes, el beso fue intenso, desesperado,. Sus bocas se encontraron con sed, con la lujuria de quien ha estado esperando toda una vida para ese momento.

Él de manera respetuosa pero con absoluto permiso por parte de Luisa, comenzó a meterle la mano entre su blusa, llegando a tocar su brasier, y suavemente lo retiro, dejando ver y sentir atreves de la blusa blanca sus grandes pezones deseosos de ser lamidos. Obedeciendo, él bajo su cabeza subiéndole la blusa y comenzó a besar sus pechos, saboreándolos, chapándolos, ella gimió e inicio un vaivén de sus caderas, las cuales se movía lentamente hacia él.

Las ganas los desbordaban, y lo llevo a él a meter su mano entre el pantalón azul que llevaba puesto Laura, sin que ella pudiera reaccionar pues su coño estaba húmedo, ganoso de sentir más placer, pero dentro de él.

Sin pensarlo las ropas mojadas quedaron olvidadas en el suelo del auto, y lo que comenzó como un accidente de coches se transformó en una colisión de cuerpos y deseos. Los gemidos y susurros llenaron el espacio cerrado mientras sus manos recorrían la piel del otro, sin más testigos que la lluvia y el rugido del viento fuera. El auto vibraba con cada movimiento, reflejando la urgencia de su encuentro, los vidrios empañados era evidencia de la faena que había en su interior.

Nada en ese momento era racional. Sólo había el placer crudo, la lujuria desatada entre dos extraños unidos por la casualidad, perdiéndose el uno en el otro como si fueran todo lo que necesitaban en el mundo.

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