domingo, 23 de marzo de 2014

CON LA BOCA ABIERTA

Cuando abrió la puerta para hacerme seguir a su consultorio odontológico quedé anestesiado por su belleza, porte y figura impactante; en otras palabras, quedé con la boca abierta antes de sentarme en el sillón para iniciar la consulta. Llegué accidentalmente por una emergencia ante la ausencia del profesional que usualmente me atiende.

Diana tiene 1.70 de estatura, curvas voluptuosas que se sugieren a través de la tela algo transparente de su uniforme profesional, cabello largo castaño oscuro, ojos negros, labios carnosos, provocativos, piernas largas, torneadas.
El profesionalismo y eficacia en el manejo de la emergencia me convirtieron en su cliente habitual de cada tres meses para realizar profilaxis.

Con el paso del tiempo generamos confianza, charlamos sobre temas de actualidad y en algunos momentos nos hacemos confidencias personales o nos pedimos consejo ante algún problema, dificultad o decisión de la vida cotidiana.

Asistía a cada cita con la emoción de verla y admirarla; sentir la cercanía de su cuerpo que a veces rozaba el mío, el calor de su aliento cerca de mi cara me generaba una gran excitación que ella notaba, no podía evitarlo.

En una cita la cercanía de su cuerpo fue mayor, sentí el roce de su seno derecho con mi hombro; no resistí más, alargué mi brazo, lo coloqué en su cintura, moví mi mano suave en círculos. Diana siguió trabajando y aceptó mis caricias.

Al terminar su trabajo, la apreté contra mí y acaricié sus senos turgentes por encima de la blusa de trabajo; ella colocó sus manos sobre mis hombros, dejó que bajara la cremallera y tocara los botones de sus pechos que ya estaban grandes y duros.  Desapunté su sostén y encontré dos melones calientes, suaves que recibían con entusiasmo el paso de mi lengua y mis labios por ellos; la respiración de Diana comenzó a agitarse y sentí cómo abría uno a uno los botones de mi camisa para pasar sus suaves manos por mi pecho.

La incliné hacia mí para que nuestras pieles se conocieran, disfrutaran y compartieran su calor,  mientras nuestros labios y nuestras lenguas se trenzaban en una lucha insaciable y apasionada.

No supe cómo ni a qué hora mi pito erecto recibía la caricia de sus manos y luego las lamidas de su lengua y la succión de sus labios que me enloquecían.
Mis manos, por debajo de su falda llegaron a su fuente de placer que ya estaba caliente y mojada; mis dedos se deslizaron en medio de sus paredes jugosas que con sus movimientos me invitaban a continuar y acelerar los movimientos.

Diana finalmente cabalgó sobre mí con pasión en una carrera desenfrenada mientras se agarraba fuerte al cabezal de la silla; sus movimientos profundos y rápidos en poco tiempo nos llevaron a un estallido inimaginable; luego colocó su cabeza sobre mi pecho mientras yo acariciaba suavemente su espalda sudorosa.


La energía, lujuria y pasión de Diana me dejaron con la boca abierta, aquella que cada tres meses espera ser estimulada para iniciar una búsqueda sedienta de placer en su sexo.

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