Cuando
abrió la puerta para hacerme seguir a su consultorio odontológico quedé
anestesiado por su belleza, porte y figura impactante; en otras palabras, quedé
con la boca abierta antes de sentarme en el sillón para iniciar la consulta. Llegué accidentalmente por una emergencia ante la ausencia del profesional que
usualmente me atiende.
Diana
tiene 1.70 de estatura, curvas voluptuosas que se sugieren a través de la tela
algo transparente de su uniforme profesional, cabello largo castaño oscuro,
ojos negros, labios carnosos, provocativos, piernas largas, torneadas.
El
profesionalismo y eficacia en el manejo de la emergencia me convirtieron en su
cliente habitual de cada tres meses para realizar profilaxis.
Con
el paso del tiempo generamos confianza, charlamos sobre temas de actualidad y
en algunos momentos nos hacemos confidencias personales o nos pedimos consejo
ante algún problema, dificultad o decisión de la vida cotidiana.
Asistía
a cada cita con la emoción de verla y admirarla; sentir la cercanía de su
cuerpo que a veces rozaba el mío, el calor de su aliento cerca de mi cara me
generaba una gran excitación que ella notaba, no podía evitarlo.
En
una cita la cercanía de su cuerpo fue mayor, sentí el roce de su seno derecho
con mi hombro; no resistí más, alargué mi brazo, lo coloqué en su cintura, moví
mi mano suave en círculos. Diana siguió trabajando y aceptó mis caricias.
Al
terminar su trabajo, la apreté contra mí y acaricié sus senos turgentes por
encima de la blusa de trabajo; ella colocó sus manos sobre mis hombros, dejó
que bajara la cremallera y tocara los botones de sus pechos que ya estaban
grandes y duros. Desapunté su sostén y
encontré dos melones calientes, suaves que recibían con entusiasmo el paso de
mi lengua y mis labios por ellos; la respiración de Diana comenzó a agitarse y
sentí cómo abría uno a uno los botones de mi camisa para pasar sus suaves manos
por mi pecho.
La
incliné hacia mí para que nuestras pieles se conocieran, disfrutaran y
compartieran su calor, mientras nuestros
labios y nuestras lenguas se trenzaban en una lucha insaciable y apasionada.
No
supe cómo ni a qué hora mi pito erecto recibía la caricia de sus manos y luego
las lamidas de su lengua y la succión de sus labios que me enloquecían.
Mis
manos, por debajo de su falda llegaron a su fuente de placer que ya estaba
caliente y mojada; mis dedos se deslizaron en medio de sus paredes jugosas que
con sus movimientos me invitaban a continuar y acelerar los movimientos.
Diana
finalmente cabalgó sobre mí con pasión en una carrera desenfrenada mientras se
agarraba fuerte al cabezal de la silla; sus movimientos profundos y rápidos en
poco tiempo nos llevaron a un estallido inimaginable; luego colocó su cabeza
sobre mi pecho mientras yo acariciaba suavemente su espalda sudorosa.
La
energía, lujuria y pasión de Diana me dejaron con la boca abierta, aquella que
cada tres meses espera ser estimulada para iniciar una búsqueda sedienta de
placer en su sexo.
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