Es un paraje casi paradisiaco a
la orilla del mar; las olas golpean con violencia la base del acantilado sobre
el cual se levanta un hotel pintoresco, sencillo y cómodo.
Los atardeceres son
espectaculares a tal punto que suspendemos el seminario durante los quince
minutos finales en los cuales el sol se esconde entre las aguas hasta
desaparecer, reflejando visos dorados y rojizos sobre la superficie azul del
agitado mar.
Los participantes son presidentes
y vicepresidentes de empresas de diferentes sectores económicos de un gran
consorcio financiero del país.
Una vicepresidenta se lleva la
mirada de los asistentes cuando atraviesa los salones, comedores y corredores
del hotel y a más de uno se le agita la respiración. Su presencia es imponente
tanto por su estatura como por la voluptuosidad de su cuerpo, tiene una amplia
sonrisa permanente, ojos negros profundos, larga cabellera castaña y unas
curvas que como imán atraen los ojos deseosos de los hombres.
Durante las sesiones de trabajo,
con alguna frecuencia, nuestros ojos se encuentran y escudriñan el interior del
otro aunque no hay oportunidad para tener una charla personal y privada porque
siempre se realizan actividades de grupo, incluyendo las comidas diarias.
Al terminar el seminario y despedirnos
para ir a la ciudad, Angy se me acercó para preguntarme si podría hacerle el
favor de llevar unos documentos urgentes que necesitaba enviar a la capital. Acordamos
encontrarnos en mi hotel para la entrega de los escritos y de paso la invité a
cenar.
Cenamos en un ambiente cálido y
agradable, intercambiamos impresiones sobre el trabajo realizado y luego fuimos
a tomar un trago en el bar del hotel,
una agrupación tocaba música que nos incitó a bailar.
Al calor de unos vodkas y música
caribeña nos acercamos, eliminamos el espacio que nos separaba, apretamos
nuestros cuerpos y bailamos muy suave,
para sentirnos y rozar nuestros sexos, llegaron los primeros besos en medio de la
pista y otros tantos mientras nos abrazamos en la mesa. Podía sentir una
complicidad y cercanía sin palabras, una comunicación explosiva de expresiones
corporales.
Al terminar la orquesta y cerrar
el bar, la invité para que fuéramos a mi habitación; me respondió que estaba
cansada y que más bien la acompañara hasta su casa que estaba como a tres
cuadras. Caminamos cogidos de la mano por entre el parque, las calles desoladas
daban paso al jugueteo de nuestros labios. Al llegar a su edificio me pidió que
la acompañara al ascensor porque le daba miedo tomarlo sola.
En el ascensor nos comenzamos a
besar aumentando la intensidad de los mismo, comenzamos a acariciarnos con gran pasión, nuestros cuerpos
excitados comenzaron a explorar el cuerpo del otro con las manos, el tiempo se
detuvo, tan sólo éramos tú y yo. El elevador fue solicitado y como dos
fugitivos marcamos el siguiente nivel para bajarnos. Tus manos me orientaron
para entrar en las escaleras de emergencia. No podía creer estar viviendo tanta
pasión, tus besos levantaban mi mástil mientras acariciaba tus pechos entre su blusa
de seda blanca. La despojé suavemente de sus prendas para poder apreciar sus tetas suaves y deliciosas, quería chuparlas,
tenerlas entre mi boca. Ella deseaba tener mi pito en su coño, así que me
retiré la ropa mientras obedecía su petición de que me sentará en el escalón; allí
estabas frente a mi completamente desnuda, su coño totalmente afeitado que dejaba
ver su excitado y grande clítoris…
¡No! No te pares, pues quería
levantarme para besar sus senos de forma apasionada y acariciar sus pezones
erectos con mi lengua.
Un segundo después entendí el
porqué de su petición, ella abrió sus piernas mientras dejaba a la vista su
chimbita jugosa mmm…, se sentó encima de mi pistón, comenzó a cabalgar sobre mí
en una carrera loca y desenfrenada, observaba su culo grande descargarse entre
mis piernas, su coño absorbía, entraba y sacaba mi pene.
Quería ver su culo, sutilmente la
senté de espalda mmm… podía ver mejor su culito chiquito, comencé a tocarlo con
mi índice después de mojarlo con mi saliva, comenzó a moverse más rápidamente mientras
gemía pidiéndome más… ¡métemelo, mmm rómpeme!
Tomó mi mano y chupó mis dedos,
llevó mi mano a su hoyo, se lo metí rápido y fuertemente, grito – ¡dame, dame!
Mientras ella brillaba mi pene
con su coño, brillaba mi dedo con su culo….
No podíamos más, mi verga explotó
sacando leche espesa, esperando ser limpiada por su lengua.
Cariñosamente nos despedimos. A
la mañana siguiente la llamé desde el aeropuerto pero no me contesto, entendí
que debía respetar la decisión de que lo sucedido había sido un momento furtivo.
Dos meses después, al regresar al
hotel a causa de otro seminario, la busqué ilusionado; pero en aquel edificio
tan sólo quedaba el recuerdo vivo de lo que una noche sucedió.
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