martes, 30 de abril de 2013

EL SEMINARIO


Es un paraje casi paradisiaco a la orilla del mar; las olas golpean con violencia la base del acantilado sobre el cual se levanta un hotel pintoresco, sencillo y cómodo.
Los atardeceres son espectaculares a tal punto que suspendemos el seminario durante los quince minutos finales en los cuales el sol se esconde entre las aguas hasta desaparecer, reflejando visos dorados y rojizos sobre la superficie azul del agitado mar.

Los participantes son presidentes y vicepresidentes de empresas de diferentes sectores económicos de un gran consorcio financiero del país.
Una vicepresidenta se lleva la mirada de los asistentes cuando atraviesa los salones, comedores y corredores del hotel y a más de uno se le agita la respiración. Su presencia es imponente tanto por su estatura como por la voluptuosidad de su cuerpo, tiene una amplia sonrisa permanente, ojos negros profundos, larga cabellera castaña y unas curvas que como imán atraen los ojos deseosos de los hombres.

Durante las sesiones de trabajo, con alguna frecuencia, nuestros ojos se encuentran y escudriñan el interior del otro aunque no hay oportunidad para tener una charla personal y privada porque siempre se realizan actividades de grupo, incluyendo las comidas diarias.

Al terminar el seminario y despedirnos para ir a la ciudad, Angy se me acercó para preguntarme si podría hacerle el favor de llevar unos documentos urgentes que necesitaba enviar a la capital. Acordamos encontrarnos en mi hotel para la entrega de los escritos y de paso la invité a cenar.

Cenamos en un ambiente cálido y agradable, intercambiamos impresiones sobre el trabajo realizado y luego fuimos  a tomar un trago en el bar del hotel, una agrupación tocaba música que nos incitó a bailar.

Al calor de unos vodkas y música caribeña nos acercamos, eliminamos el espacio que nos separaba, apretamos nuestros cuerpos y  bailamos muy suave, para sentirnos y rozar nuestros sexos, llegaron los primeros besos en medio de la pista y otros tantos mientras nos abrazamos en la mesa. Podía sentir una complicidad y cercanía sin palabras, una comunicación explosiva de expresiones corporales.

Al terminar la orquesta y cerrar el bar, la invité para que fuéramos a mi habitación; me respondió que estaba cansada y que más bien la acompañara hasta su casa que estaba como a tres cuadras. Caminamos cogidos de la mano por entre el parque, las calles desoladas daban paso al jugueteo de nuestros labios. Al llegar a su edificio me pidió que la acompañara al ascensor porque le daba miedo tomarlo sola.

En el ascensor nos comenzamos a besar aumentando la intensidad de los mismo, comenzamos a  acariciarnos con gran pasión, nuestros cuerpos excitados comenzaron a explorar el cuerpo del otro con las manos, el tiempo se detuvo, tan sólo éramos tú y yo. El elevador fue solicitado y como dos fugitivos marcamos el siguiente nivel para bajarnos. Tus manos me orientaron para entrar en las escaleras de emergencia. No podía creer estar viviendo tanta pasión, tus besos levantaban mi mástil mientras acariciaba tus pechos entre su blusa de seda blanca. La despojé suavemente de sus prendas para poder apreciar  sus tetas suaves y deliciosas, quería chuparlas, tenerlas entre mi boca. Ella deseaba tener mi pito en su coño, así que me retiré la ropa mientras obedecía su petición de que me sentará en el escalón; allí estabas frente a mi completamente desnuda, su coño totalmente afeitado que dejaba ver su excitado y grande clítoris…

¡No! No te pares, pues quería levantarme para besar sus senos de forma apasionada y acariciar sus pezones erectos con mi lengua.

Un segundo después entendí el porqué de su petición, ella abrió sus piernas mientras dejaba a la vista su chimbita jugosa mmm…, se sentó encima de mi pistón, comenzó a cabalgar sobre mí en una carrera loca y desenfrenada, observaba su culo grande descargarse entre mis piernas, su coño absorbía, entraba y sacaba mi pene.

Quería ver su culo, sutilmente la senté de espalda mmm… podía ver mejor su culito chiquito, comencé a tocarlo con mi índice después de mojarlo con mi saliva, comenzó a moverse más rápidamente mientras gemía pidiéndome más… ¡métemelo, mmm rómpeme!

Tomó mi mano y chupó mis dedos, llevó mi mano a su hoyo, se lo metí rápido y fuertemente, grito – ¡dame, dame!

Mientras ella brillaba mi pene con su coño, brillaba mi dedo con su culo….

No podíamos más, mi verga explotó sacando leche espesa, esperando ser limpiada por su lengua.

Cariñosamente nos despedimos. A la mañana siguiente la llamé desde el aeropuerto pero no me contesto, entendí que debía respetar la decisión de que lo sucedido había sido un momento furtivo.

Dos meses después, al regresar al hotel a causa de otro seminario, la busqué ilusionado; pero en aquel edificio tan sólo quedaba el recuerdo vivo de lo que una noche sucedió.

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