martes, 30 de abril de 2013

EL BOSQUE

Es una pequeña finca ubicada entre las montañas, con una casa rústica de teja de barro y paredes blancas, un amplio corredor que permite admirar el paisaje con cordilleras de verdes multicolores, un jardín lleno de diferentes matices, aromas que invitan a los picaflor a realizar repetitivos vuelos; al lado de la casa se extiende un bosque frondoso sobre un tapete uniforme de césped, aunque tiene variedad de árboles predominan los eucaliptos altos y erguidos que despiden una fragancia deliciosa y entre cuyas copas se deslizan los rayos del sol.

Caminamos por el bosque al terminar la tarde cuando los pájaros comienzan a anunciar con su canto que se acerca el final del día y buscan un albergue cómodo para pasar la noche, y cuando el sol empieza a dar sutiles pinceladas anaranjados enlazando las nubes y las montañas.

La agarré de la mano tibia y suave, para ayudarle a pasar un sector empinado y pedregoso; seguimos caminando con nuestras manos entrelazadas, acto que evocaba lo cercano y unidos que nos sentíamos. Después de avanzar por un largo tiempo nuestros cuerpos cansados reclamaron un respiro, nos sentamos arrimados contra un tronco. Fue en ese preciso instante cuando mirándonos nos perdimos en el otro, no podíamos evitar acercarnos,  tocarnos, sentirnos...

Surgieron de forma natural unos besos suaves que rápidamente crecieron y se llenaron de pasión; me estremecí al sentir sus labios carnudos, jugosos y los movimientos de su lengua juguetona que recorría el interior de mi boca.
Bese su cuello,  pasé mi lengua por sus orejas y sentí cómo sus brazos me apretaban contra ella con fuerza mientras su respiración se agitaba, en ese instante tan sólo pensaba en hacerla mía.

Poco a poco las prendas fueron adornando el pasto verde; mis labios y mi lengua jugaron con la redondez de sus pechos tersos, con la suavidad de la seda y con unos botones rosáceos, erguidos y duros que me excitaron al besarlos, chuparlos y morderlos suavemente.

Colocó su cuerpo sobre el mío de tal manera que nuestros sexos se sintieran y rozaran. La emoción y la pasión crecieron al máximo mientras nuestras manos exploraban, palpaban, acariciaban y consentían centímetro a centímetro nuestros cuerpos ardientes.

Nos fuimos deslizando uno sobre el otro y comencé a sentir sus labios y su lengua sobre mi miembro erecto mientras que mi lengua pasaba sobre los deliciosos néctares de su coño caliente. Lamía su chimbita y sutilmente cambiaba, haciendo girar como un remolino sus labios; mi lengua se metía por tu hoyito como un pistón duro y afilado. Mientras que jugueteaba con su biberón esperando que le diera el néctar de la vida. No podía contenerme, la intensidad de sus movimientos crecía al mismo ritmo de mi respiración y sus gemidos estremecían las paredes de la cabaña.

Te me subiste para brindarme un beso que robaba el sabor de tu coño contenido en mis labios, tus tetas sobre mi pecho queriendo penetrar y atravesarlo.

Te guie para que adoptaras una posición en la cual logrará castigarte por lograr doblegar y debilitar mi cordura, estaba preso ante tanta lujuria, saboreando el placer de tu cuerpo.

Arrodillada con las piernas abiertas dejabas al descubierto tu vulva carnosa, gigante, y un gallo fino pidiéndome ser devorado, te introduje sin piedad mi verga por tu chimbita, entraba y salía, te tome de tus cabellos largos obligándote a regresar una vez te alejaba de mi cuerpo. Aprecié desde lo alto ese hoyito diminuto, lo escupí y sin preguntarte lo tome mío, entró forzado, pues era más pequeño de lo que creía, huracán de emociones, virgen allí, estaba sólo y por primera vez para mí, sólo para mí.

Entraba mientras tus quejidos se hacían más intensos mis dedos exploraban tu delantera húmeda y caliente hasta quedar compenetrados en una explosión de placer de la cual fue difícil de separarnos.

Nos abrazamos, reposamos mientras nos invadía un olor combinado de pasto, eucalipto y sexo.

El sol ya se había ido a descansar. Nos levantamos, entrelazamos nuestras manos y a paso lento acompañado de suaves besos deshicimos el camino para llegar a la casa acompañados del resplandor de una luna llena.

Al entrar en la casa y disponer de la privacidad que nos había hecho falta, nos despojamos de la ropa, nos besamos, nos acariciamos, nos llenamos de pasión y lujuria. Tu cuerpo perfecto violentaba mis ojos, sin espera me montaste, sin poder evitarlo sentí como me cabalgabas con tal energía y entusiasmo como nunca antes lo habías hecho, mientras yo besaba sus senos turgentes, hasta que estallamos con gritos y gemidos que todavía retumban en nuestros oídos.

Hoy seguimos alimentando nuestros deseos con el recuerdo de la primera vez que atravesamos juntos los límites del bosque. 

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