Caminamos por el bosque al
terminar la tarde cuando los pájaros comienzan a anunciar con su canto que se
acerca el final del día y buscan un albergue cómodo para pasar la noche, y cuando
el sol empieza a dar sutiles pinceladas anaranjados enlazando las nubes y las
montañas.
La agarré de la mano tibia y
suave, para ayudarle a pasar un sector empinado y pedregoso; seguimos caminando
con nuestras manos entrelazadas, acto que evocaba lo cercano y unidos que nos sentíamos.
Después de avanzar por un largo tiempo nuestros cuerpos cansados reclamaron un respiro,
nos sentamos arrimados contra un tronco. Fue en ese preciso instante cuando mirándonos
nos perdimos en el otro, no podíamos evitar acercarnos, tocarnos, sentirnos...
Surgieron de forma natural unos
besos suaves que rápidamente crecieron y se llenaron de pasión; me estremecí al
sentir sus labios carnudos, jugosos y los movimientos de su lengua juguetona
que recorría el interior de mi boca.
Bese su cuello, pasé mi lengua por sus orejas y sentí cómo sus
brazos me apretaban contra ella con fuerza mientras su respiración se agitaba,
en ese instante tan sólo pensaba en hacerla mía.
Poco a poco las prendas fueron adornando
el pasto verde; mis labios y mi lengua jugaron con la redondez de sus pechos
tersos, con la suavidad de la seda y con unos botones rosáceos, erguidos y
duros que me excitaron al besarlos, chuparlos y morderlos suavemente.
Colocó su cuerpo sobre el mío de
tal manera que nuestros sexos se sintieran y rozaran. La emoción y la pasión
crecieron al máximo mientras nuestras manos exploraban, palpaban, acariciaban y
consentían centímetro a centímetro nuestros cuerpos ardientes.
Nos fuimos deslizando uno sobre
el otro y comencé a sentir sus labios y su lengua sobre mi miembro erecto
mientras que mi lengua pasaba sobre los deliciosos néctares de su coño
caliente. Lamía su chimbita y sutilmente cambiaba, haciendo girar como un
remolino sus labios; mi lengua se metía por tu hoyito como un pistón duro y
afilado. Mientras que jugueteaba con su biberón esperando que le diera el néctar
de la vida. No podía contenerme, la intensidad de sus movimientos crecía al mismo
ritmo de mi respiración y sus gemidos estremecían las paredes de la cabaña.
Te me subiste para brindarme un
beso que robaba el sabor de tu coño contenido en mis labios, tus tetas sobre mi
pecho queriendo penetrar y atravesarlo.
Te guie para que adoptaras una
posición en la cual logrará castigarte por lograr doblegar y debilitar mi cordura,
estaba preso ante tanta lujuria, saboreando el placer de tu cuerpo.
Arrodillada con las piernas
abiertas dejabas al descubierto tu vulva carnosa, gigante, y un gallo fino pidiéndome
ser devorado, te introduje sin piedad mi verga por tu chimbita, entraba y salía,
te tome de tus cabellos largos obligándote a regresar una vez te alejaba de mi
cuerpo. Aprecié desde lo alto ese hoyito diminuto, lo escupí y sin preguntarte
lo tome mío, entró forzado, pues era más pequeño de lo que creía, huracán de
emociones, virgen allí, estaba sólo y por primera vez para mí, sólo para mí.
Entraba mientras tus quejidos se hacían
más intensos mis dedos exploraban tu delantera húmeda y caliente hasta quedar compenetrados
en una explosión de placer de la cual fue difícil de separarnos.
Nos abrazamos, reposamos mientras
nos invadía un olor combinado de pasto, eucalipto y sexo.
El sol ya se había ido a
descansar. Nos levantamos, entrelazamos nuestras manos y a paso lento
acompañado de suaves besos deshicimos el camino para llegar a la casa
acompañados del resplandor de una luna llena.
Al entrar en la casa y disponer
de la privacidad que nos había hecho falta, nos despojamos de la ropa, nos
besamos, nos acariciamos, nos llenamos de pasión y lujuria. Tu cuerpo perfecto
violentaba mis ojos, sin espera me montaste, sin poder evitarlo sentí como me cabalgabas
con tal energía y entusiasmo como nunca antes lo habías hecho, mientras yo
besaba sus senos turgentes, hasta que estallamos con gritos y gemidos que
todavía retumban en nuestros oídos.
Hoy seguimos alimentando nuestros
deseos con el recuerdo de la primera vez que atravesamos juntos los límites del
bosque.
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