Sabía que esta noche iba a ser diferente, lo intuía por la manera como me observabas al salir del teatro.
No sé si fue la maldad hecha deseo la que me llevó a despojarme de mi ropa interior en el tercer acto de la ópera.
No esperaste ni síquiera abrir la puerta cuando ya estaba tu mano entre mis pechos.
- ¡vamos a la sala de estar! Susurraste mientras me introducías tu lengua entre mis labios.
No sé en que momento encendiste la computadora, tal vez, porque estaba encendida de pasión.
Escuché, mientras me despojaba de lo poco que llevaba de ropa, una voz femenina que saludaba tímidamente.
Al levantar mis ojos, allí estabas sentada observándonos sin saber qué tendrías que hacer.
- Cómo te llamas te pregunté. Tanto Tom como yo estábamos maravillados con tus atributos físicos.
- Ann
Tom tomó el timón para iniciar lo que diría yo, el camino hacia tus brazos.
Después de conversar cosas triviales, se podía percibir que los tres anhelábamos intercambiar no sólo palabras sino entrar en calor para sentir explosiones genitales.
Comenzaste colocándote de pie frente a la camara, retirándote lentamente la poca ropa que te cubría.
Te mire tímidamente porque tu cuerpo despertaba en mi una sensación jamás vivida, deseaba tenerte cerca para oler cada rincón de tu cuerpo, besar suavemente tus labios deslizandome sutilmente por tu cuello hasta llegar a tus pies.
Podía sentir como me devorabas, sentía tus deseos de verme despojada de mi timidez.
Sé que Tom comenzó a intuir tu inclinación e interés hacia mi, tal vez por tu sutil pero excitante mordisqueo de tus labios mientras observabas mis senos y conchita afectada que dejaba a la vista la punta de mi gallo.
Tom, sin darnos cuenta, estaba dándose igualmente placer con sus manos, siguiendo nuestro ejemplo; pues al compás, tu y yo las tetas y el final del vientre nos cogíamos.
Veía cómo te metías tus deditos por el coñito que me lo abrías para que yo hiciera lo mismo. Me exponía mostrándote todas mis entrañas pidiendo que tu lengua saliera de esa gran pantalla.
Quería sentir el roce de nuestros montes, saborear tus senos redondos, tus labios carnosos y tocar ese culo, que al moverse invitaba a apretarlo.
Tom quería que nos vieras y me sorprendí más cuando eras tú la que más lo incitaba a que ello sucediera.
Tom deseaba mostrarte cómo su polla entraba en mi orificio anal mientras sus dedos ingresaban una y otra vez sin control ni ritmo. Era cómo si pretendiera tocar su pene con sus dedos atravesando mis entrañas.
Sentir que veías mi concha, hacia que me humedeciera más, escuchar que le dijeras a Tom dónde tocar, ocasionaba orgasmos en cadena, era pensar y sentir que no era Tom quien me hacía suya sino que eras tú quien me amaba.
Continuamos sin control de tiempo, juegos inocentes hasta quedar exhaustos. Mientras saboreaba el placer que había sentido, nos miramos a los ojos y por extraño que parezca compartimos tu y yo, pero en secreto para Tom, que éste no sería nuestro único encuentro.
A la mañana siguiente luego de traerte una y otra vez a mi mente, de tirarme a tus brazos y mojarme interminablemente a causa del deseo lujurioso que despertabas en mí, ingresé a la computadora para hallar la manera de contactarte. Allí estabas, mi cuerpo comenzó a palpitar, como quien condenado y avisado estuviera de lo que iba a disfrutar.
Te envíe mi mensaje lleno de ansias por sentir incluso más que la noche anterior. En él te deje mis datos de contacto esperando tus respuesta.
Dos horas después escuche tu voz, me llamaste para invitarme a conocer tu loft ubicado en la calle Reina Victoria en pleno centro de Madrid, acordamos encontrarnos en la estación de metro Guzmán El Bueno a las 3 de la tarde.
Llegue 10 minutos antes como quien va a la entrevista de su vida, había tenido tiempo para organizarme y estar lista para ti.
Mientras subía las escaleras, al final de ellas, estabas esperándome. Tu sonrisa como la primera vez me cautivo de inmediato y tu lengua que apareció tímidamente me hacia temblar por los placeres que me podría ofrecer.
Caminamos muy cerca la una a la otra en dirección a tu piso, al cerrar la puerta del ascensor después de marcar el 5 piso, sorpresivamente sentí tus labios carnosos y tersos en los míos.
Mi corazón aún locamente latía y sentí que el ascensor se estremecía, salimos de allí, casi sin aliento y a toda prisa buscando estar por fin solas en el interior de tu morada.
Nos arrojamos al sofá y metiste tu mano debajo de mi falda. Acariciando mis caderas mientras me besabas profundamente.
Luego yo reaccione al ritmo que tu imponías y mis manos buscaron tus senos bajo tu blusa blanca, tus manos guiaron mis manos hacia tu sexo, él cual estaba húmedo e iniciaba un ritmo irregular ante mi toque. En ese instante inmensos escalofríos pasaban por mi espalda y más aún cuando tu boca comenzó a comerse lentamente mi secreto, sentía tu lengua ir y venir suavemente recorriendo cada rincón e introduciéndola por todos sus pliegues.
De un momento a otro estabas encima mi coño en tu cara y el tuyo en la mía.
Comencé a mimar tu cueva como una buena alumna, sentía tus jugos brotando al ritmo de tus contorsiones.
Tus gemidos y los míos sonaban como una serenata de amor, no queríamos parar. Sin embargo, volvieron tus labios a mi boca, como quien necesita confirmar que lo vivido es real.
Tu monte al rozar con el mío me hacia subir, el éxtasis de un orgasmo delataba mi dicha.
Pronto sentí que la punta de Napoleón tu bien amado y fiel amigo ahora dentro mi coño estaba y que el otro extremo buscaba el tuyo.
No podía dejar de suspirar, la experiencia era sublime. Nuestros gemidos ocupaban toda la sala y temo que debieron escucharlos sus vecinos.
Desde ese día sin que Tom sospeche mi vulva es de ella.
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