Te encantaba ir a la plaza de mercado temprano los domingos por la mañana. El festival de olores y colores te hacía recordar cosas buenas y cosas malas, pero sobretodo un período de tu vida. Te gustaba pasear por entre los pasillos infinitos repletos de vegetales y legumbres, ver con mucha calma y escoger con toda parsimonia intencional el vegetal perfecto. Lo hacías sola porque nadie más en tu mundo tenía la paciencia para acompañarte. Era uno de esos momentos íntimos tuyos contigo misma en que el tiempo no existía y te sumergías por completo en el disfrute del festival.
Fue una mañana en que te encontrabas en tu ritual dominical que te llamé. El sol era radiante, sol de verano en el trópico suramericano, la ciudad aún con la calma de la mañana. Me contaste todo lo que ya habías visto. Estabas feliz. Como siempre, disfrutando de tu momento íntimo que yo interrumpía. No me lo reprochaste y por el contrario, me contaste con lujo de detalles. Me hacías sentir allí y yo te sentía a mi lado. El apasionamiento con el que me hablabas de una verdura acá, un grano allá y como me lo decías me encantaba, me enamoraba, hacía que todos mis sentidos se encendieran al nivel máximo.
Te dije que te deseaba una infinidad. Que tenía unas ganas locas de abrazarte y besarte con lujuria, ahí mismo donde te encontraras y no me habría importado que tuviéramos compañía.
“De verdad quieres besarme?” Me preguntaste mientras te acercabas a la zona donde ofrecían unos hermosos higos afrodisíacos, de un violeta intenso, que bien habrían podido alimentar una buena orgía. Te respondí: “En este instante”.
Tu: "Entonces ven, hazlo."
Yo: "Un beso virtual será lo único que la vida me permita en este momento."
Yo vivía al otro lado del mundo, pero aunque no lo reconocía, habría entregado mi reino por estar en ese instante a tu lado.
Yo: "Te puedo decir cómo lo imagino."
Tu: "Cómo, dímelo. Cómo sería nuestro beso virtual"
Estamos caminando juntos, tomados de la mano, conversando. Me enamora tu apasionamiento. De repente pasamos frente a una gran bodega repleta de flores de todas las formas y colores. El aroma mezclado con el tuyo y tu perfume único en el mundo me excita aún más. Te tomo de la mano y te llevo dentro. No hay nadie adentro. Nos miramos a los ojos, te tomo de las manos y nos quedamos así en silencio unos instantes. Disfruto de tu belleza, tu cabello de un color negro intenso y tu piel color canela hermosa.
Te acerco a mí despacio, muy despacio. Nuestros vestidos se rozan y nuestros cuerpos apenas si se tocan el uno contra el otro. Llevo tus manos hacia mi espalda y coloco mis manos en tu cintura. Tienes una cintura perfectamente contorneada. El solo hecho de ver esa curva perfecta me enloquece. Tengo un tesoro en mis manos. Me excito y sudo un poco. Te atraigo hacia mis desde tu cintura, con fuerza. Juntamos nuestros cuerpos. Subo mis manos a lo largo de tu costado. Te recorro. Me fascino de sentir en mis manos esa escultura perfecta. Te acerco aún más a mí, con fuerza. Llevo mis manos ahora a tu espalda, deslizándolas, sin dejar de tocarte ni un solo instante. Te acerco con más fuerza aún. Juntamos nuestras mejillas. Nuestros corazones palpitan con intensidad. Sentimos el latir fuerte, el uno del otro. Bajo mis manos a la base de tu espalda y junto fuertemente nuestros vientres. Te retengo allí por unos instantes, sintiéndote toda, tu palpitar, tu sudor, tu respiración acelerada, muevo mi cabeza contra la tuya despacio, nuestras mejillas se acarician, nuestras bocas se quieren, se desean, quieren amarse.
Continúo acariciándote la espalda, con nuestros cuerpos fundidos frente a frente, subo mis manos por tu espalda hasta la base del cuello, abro mis dedos y los deslizo suavemente entre tu cabello largo azabache. Mis dedos se entrelazan y te lo acaricio. Te agarro del cabello y muevo tu cabeza. Mi mejilla se mueve a la par que la tuya, acercamos nuestras bocas despacio y apenas si nos rozamos con los labios. Tu boca está húmeda, lubricada por tu lengua ganosa de ser amada. La tienes un poco abierta. Rozamos nuestros labios nuevamente. Nuestras lenguas se asoman. Te beso. Labio contra labio, lengua contra lengua. Las puntas de las lenguas se encuentran, se exploran, se gustan y empiezan a danzar. Te agarro fuertemente del cabello y te atraigo a mí con fuerza, como queriendo tragarte toda. Te beso con mucha fuerza y lujuria. Te beso, te beso, te beso. No paro. Tú estás muy excitada. Los olores de tu sexo caliente mezclados con el aroma de flor en celo me embriagan. Mis sentidos están embotados. Nuestros cuerpos están fundidos y nuestras bocas no dejan de amarse.
En un momento me agarras con fuerza en la espalda. Siento tus dedos clavándose en mi espalda y me excito más aun, siento como te estas corriendo con el rozamiento de nuestras pelvis. Tus pezones están muy duros. Los siento en mi pecho. Exhalas un grito de placer. Te sigues corriendo, no paras. Tus pantis mojados quedan completamente empapados ahora y yo embriagado con tu olor. Levantas la cabeza y te beso en el cuello con fuerza, a un lado y al otro. Te acerco firmemente. Nuestras pelvis siguen amándose y tú sigues corriéndote. Sientes mi miembro erecto entre el pantalón lo que te excita aún más y te hace correrte sucesivamente. Te beso nuevamente en la boca mientras tú disfrutas tu primera corrida entre mis brazos. Te abrazo y te beso. Tú estás totalmente rendida, entregada a mí, entregada al sexo, a la lujuria, embriagada también por el festival de olores.
Te digo al teléfono, “Amor mío, ese es mi beso virtual”. Tú ríes excitada y me dices “Dame más” y yo te respondo “Sí, amor. Te voy a decir cómo te hago mía allí mismo”.
Días después me confesarías que no parabas de colocar higos dentro de una bolsa, como una autómata, sin darte cuenta de lo que hacías, concentrada en lo que escuchabas al teléfono. Ese día se agotaron las existencias de higos en la plaza de mercado y tú, te calentaste por cuenta de los higos afrodisíacos durante varias semanas.
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